Complicidad
Muchas veces, para escribir un cuento, invoco la complicidad de mi Trasgu, el pícaro duende asturiano que se sumó a mi andar hace años en Cimadevilla, ese encantador barrio de Gijón. Desde entonces habita en mi biblioteca. Él conoce la magia de dibujar un paisaje dentro de una pompa de jabón.
Acá publico varios resultados de ese proceso que fueron editados y habitan en alguno de mis libros.
Todos los cuentos son pura ficción y cualquier semejanza con la realidad es casualidad.
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GODOT
Y sí… Godot no va a venir. Tampoco vos.
Sin embargo, muchas veces sentí que sus pasos se acercaban.
Empecé a escucharlos en aquel café de la esquina, cada vez que revolvía una lágrima en el pocillo. Muchas veces creí que se sentaba frente a mí y conversábamos. Lo juro. Pero siempre, en el momento justo, el sonido desaparecía.
Lo volví a escuchar una mañana, sentado en un banco de plaza. Y juraría que por un instante lo vi, en una figura que se acercaba. Cerré los ojos para abrirle la puerta de mi ilusión, pero cuando los abrí se había disuelto, como el trueno que apaga al relámpago.
Después de ese día dejé de escucharlo por mucho tiempo.
Seguí mi camino. Y me convertí en personaje de mí mismo, convencido de que lo que no iba a venir… no vendría. De esa manera él dejaría de ser lo que representaba, y yo viviría tranquilo.
Pero la astuta manera en que la piedra se mueve se puso delante de mí, y tropecé.
Él se me coló en un sueño, y volví a escuchar sus pasos. Me convencía de que solo debía esperar tranquilo, como si la paciencia fuera una virtud y no una forma lenta de rendirse.
Y escuchaba todo tipo de pasos, incluso los míos, que de tanto esperarlos se transformaron en ajenos.
Qué oficio raro este de esperar. Hay quienes esperan la vida y otros la muerte. Yo solo esperaba a Godot.
Y esperé con elegancia, con cierta dignidad de estatua: espalda recta, mirada firme, pero inmóvil. Al final el cuerpo se acostumbra y empieza a echar raíces en la nada.
Al principio contaba los días. Después las semanas. Después dejé de contar: solo esperaba.
Hubo épocas en que me preparaba para recibirlo. Me ponía la camisa menos triste y hasta ensayaba frases para darle la bienvenida. Al final decidí que improvisaría, que las mejores conversaciones nacen sin anunciarse. Como el amor. Como las despedidas.
Pero Godot no aparecía.
Lo peor de esperar mucho tiempo es que uno empieza a darle importancia a cualquier señal. Y las decepciones crecen. Y solo esperar no vuelve sabio a nadie: esperar te vuelve un poco paranoico.
Y empezás a sospechar que Godot no existe tal como te lo imaginás, que en realidad es un sueño que evita a los que esperan demasiado.
Debemos tener algo imbancable. Tal vez olemos a derrota, a vino barato o a un tango llorando.
Godot se convierte en tu imagen dibujada en el techo. Y te das cuenta. Y te da mucha bronca.
Y sí… Godot no existe. Tampoco vos.
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Bulliciosos gorriones
Gijón, una tarde de junio
Hola, querido amigo.
Espero que estés bien. En este momento siento que estoy con vos en Buenos Aires, en el Café La Paz, ese bar que cobijó nuestros sueños y al que bautizáramos como nuestro atelier. Recuerdo aquellas noches en las que la madrugada nos sorprendía a los tres en plena arquitectura de ideales, dibujando las costas de aquella isla de Tomás Moro. Ella decía que el sonido de las conversaciones en el bar parecía el nocturno bullicio de gorriones posados en las ramas de un árbol frondoso.
Yo disfrutaba de ser testigo del amor que ustedes se tenían, de las discusiones sobre Camus y Sartre, de cómo se le encendían a ella sus ojos negros cuando te esgrimía a Simone de Beauvoir o hablaba del mayo francés. Sospecho que todo eso fue la semilla que años después, ya radicado en Cuenca, hizo nacer en mí el afán de escribir una novela sobre la historia de ustedes, mía también por la extensión de la amistad; sentí que escribirla sería una forma de hacer una declaración testimonial de aquellos tiempos en los que intentamos ser lo que nos pedía la piel urgente de la época y el clamor de nuestros sueños. Me caló hondo lo que me dijiste una vez sobre que quienes escribimos resultamos ser muchas veces cartógrafos de geografías de dolor.
¿Te acordás de aquella noche de octubre el día de su cumpleaños, cuando le llevé como regalo un casette con temas que le gustaban? Ella leyó los títulos y se puso a entonar “La Balsa”. Resuena en mi memoria su voz, ¡qué lindo cantaba! ¿Y esa vez que volvió furiosa del conservatorio, enojada con lo que estaba pasando y se puso a tocar con su violín, en la puerta del Café, los acordes de “La marcha de la bronca"? ¡Qué carácter tenía!
¡Perdoname!, me dejé llevar por la emoción y los recuerdos. Sucede que estoy haciendo el Camino de Santiago, es una experiencia fantástica en todos los sentidos que se te ocurran, que te pone frente a paisajes geográficos, culturales y al propio mundo interior. Hace unas semanas lo comencé en Irún, el viaje retrospectivo y los soliloquios que vengo teniendo han ido movilizando mis recuerdos. Pasan por mi mente, sin solución de continuidad, un montón de imágenes en blanco y negro. Días pasados, a la salida de un pueblo llamado Ribadesella, encontré un bonito conjunto de piedras pintadas, una de ellas decía: “El Camino es la misma vida”. Me quedé un largo rato ahí, caminando por mi interior. Ratifiqué lo importante que fueron ustedes en mi existencia y me di cuenta de que llevo demasiados años acá, sin regresar. En ese momento vino a mi mente aquella noche cuando nos enteramos de que se la habían llevado. Todavía me lacera tu dolor y me sigue angustiando la insistente e infructuosa manera con la que intentamos averiguar su paradero. Ya sabés lo que me pasó después y la urgente necesidad que tuve de marcharme. Fueron años muy duros hasta que logré hacerme un lugar acá y poder vivir de lo que más amo hacer. Es muy fulera la añoranza, además. Me golpeó terriblemente la carta tuya que recibí meses después de mi llegada en la que me contabas lo que finalmente le habían hecho a ella. Que duro precio pagó por la nobleza de sus ideales y su lealtad. El día que recibí tu carta lloré por la impotencia que me provocaba no estar a tu lado para abrazarte.
Como si fuera poco todo lo que te pasó estoy haciendo que lo revivas, me siento un egoísta metido en mi propio laberinto. En realidad, te escribo para contarte que, después de muchos intentos y de resolver procesos interiores, por fin logré escribir aquella novela, “Bulliciosos gorriones” es su título. El veinticinco de octubre la editorial hará su presentación en Madrid, en la Casa de las Américas y ellos te van a escribir invitándote a participar de la misma. Cuando me dijeron que esa era la fecha se sacudieron mis cimientos sensibles y pensé en los curiosos mensajes que a veces llevan en su vuelo ciertas casualidades.
Aunque sé de tus impedimentos deseo de todo corazón que puedas venir, hace muchos años que perdido en la distancia anda dando vueltas un abrazo. De todas maneras, estoy seguro de que ese día, entre las palabras que yo diga o en las lágrimas que sin duda me aflorarán ella estará presente y por extensión, aunque no vengas, vos también.
Con la ilusión de verte acá en ese momento te mando esta carta.
Tu amigo del alma
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La merienda
Como todas las tardes, antes de la merienda, saldré a la vereda y cruzaré a la plaza. Me sentaré en el banco de siempre, ese que está frente al árbol de la casa de la esquina de Hamburgo y Budapest. Me gusta ese árbol, la casa y también me gusta mucho esperarte.
Cuando ya esté sentado, vas a llegar para sentarte a mi lado, me vas a mirar con esa sonrisa que sale de tus ojos. Me gustan tus ojos, tienen el color de mis bolitas más lindas. Te vas a alisar tu pollerita a cuadros con las manos y me vas a invitar a jugar a la escondida. Jugaremos hasta que tu mamá venga a buscarte para tomar la merienda. Jugar es una íntima ceremonia que celebramos juntos y en la cual descubrirnos, es la manera más linda de festejar nuestra amistad. Hoy hace frío y seguro tu mamá va a venir a buscarte más temprano, por eso no me gusta que haga frío.
A vos te encanta esconderte detrás del árbol de la casa, ese pino que en cada Navidad se llena de luces y adornos y en cuyo tronco se apoya la figura de un Papá Noel sonriente, mi mamá lo llama Mikolaj. Me gusta cuando buscamos los regalos en el árbol. Ese es tu escondite favorito, a veces pienso que te gusta ocultarte ahí porque querés que te encuentre rápido.
Al terminar de jugar a la escondida nos vamos a sentar debajo del pino, nuestro gigante bueno de la guarda, ¡y cómo te reís vos cuando te digo esto! Me gusta tanto tu sonrisa.
Nos vamos a quedar sentados, con la espalda apoyada en el tronco, charlaremos largo rato. Yo te voy a decir que estoy muy contento porque mi papá me empezó a comprar la Billiken y me gusta mucho leer las aventuras de Pelopincho y Cachirula y Pi-Pío. Vos me vas a contar que cuando seas grande te gustaría ser actriz o hacer algo para ayudar a quienes más lo necesitan, pero que a tu mamá no le gustan esas cosas y que te dice que a los ocho años todavía no sabés lo que querés.
En la charla nos vamos a acordar de lo que pasó el otro día, cuando escuchamos volar a unos aviones y oímos unos ruidos muy fuertes. Yo te voy a volver a contar que mi papá me dijo que esos ruidos eran bombas que tiraron en otra plaza unas personas muy malas y que mi mamá me contó que cuando era chica, en su pueblo, también había malas personas que tiraban bombas desde aviones. No me gusta que haya malas personas que tiren bombas. Vos me vas a agarrar de la mano otra vez y me vas a contar lo mucho que te asustaste ese día. Me gusta que me agarres de la mano.
Yo te voy a regalar el alfajor Guaymallen que me trajo papá anoche. Vos vas a sonreír con los ojos y la boca. ¡Qué lindo es ver en tu cara asomar la felicidad de esa manera! Lo vas a abrir, vas a partirlo en dos y me vas a convidar la mitad. Lo vamos a comer en silencio, porque en ese momento las palabras no van a hacer falta. Después, me vas a decir que cuando seas grande también te gustaría ser repostera y hacer tortas ricas para que tomemos juntos la merienda.
Un rato más tarde va a pasar el churrero. Vos me vas a contar que cada verano, cuando se van a Mar del Plata, tu papá te compra churros, que te gusta mucho ir a la playa y que le vas a decir a tu mamá que el verano que viene te deje invitarme para que juguemos juntos en la arena y hagamos castillos. Me gustaría ir de vacaciones con vos.
Enseguida me vas a decir que vayamos a los juegos. Vamos a subir juntos al sube y baja y vos vas a gritar entusiasmada cada vez que estés arriba. Al ratito nomás nos vamos a ir para las hamacas, ellas recibirán nuestras risas, yo te voy a empujar despacito y vos me vas a decir que lo haga más fuerte, porque querés sentir que volás. Vamos a dejar para último el tobogán, vos te vas a subir con miedo, pero con un montón de ganas de tirarte. Me vas a pedir que te cuide. Yo te voy a decir que te tires tranquila y te voy a esperar abajo. Me gusta cuidarte.
Después de todo eso nos van a venir a buscar, a vos tu mamá y a mí la mía. Nos vamos a agarrar de la mano, como si no quisiéramos separarnos. No me gusta ese momento. La tuya te va a decir que tenés que hacer los deberes. La mía me dirá que hace frío, que es la hora de la merienda, que ya está preparado el Vascolet calentito y que tengo que entrar. Los dos vamos a pedir que nos dejen jugar un ratito más, pero no nos van a dejar porque ya es tarde y además mañana nos volveremos a encontrar. Nos vamos a despedir con un beso y yo me voy a quedar en la vereda mirando como te vas, con ganas de que ya sea mañana.
Te estoy esperando, ¿sabés? pero aún no viniste, estuve sentado en el banco mirando para todos lados, todo el tiempo queriendo que aparecieras. Me fui a fijar en el árbol, pero no te encontré. Me quedé ahí sentado otro rato, esperándote, pero no apareciste. No me gusta que no vengas.
Y aquí sigo, con la esperanza intacta, buscándote aunque no aparezcas. No me gusta no verte, me dan ganas de llorar.
Una señora cruza la calle y se sienta a mi lado, amable como una madre, con su mano cálida apoyada en mi espalda me mira y me dice:
—Vení papi, vamos adentro que ya hace mucho frio y te va a hacer mal, entremos que ya está lista tu merienda y además es la hora de tomar los remedios.
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Desde el umbral
Tengo la sensación de que las personas que cruzan delante de mí no me ven, aunque yo sé que no es así, simulan no verme, me evitan, están prevenidos por si se cruzan conmigo, me tienen miedo, aunque parezca mentira me suponen muy poderoso. No saben qué hace ya mucho tiempo otros se ocuparon de mí.
Recuerdo el barrio, las calles de tierra, los sauces llorones, la tarde, el cañaveral, el calor, el olor a mandarina, los juegos infantiles, los gritos de los chicos cuando jugábamos, mis gritos alegres.
Hoy a quienes pasan cerca de mí no les gusta que grite, se sobresaltan, no comprenden, no les gusta mi apariencia, se hablan entre sí, no saben qué hacer, tampoco se animan, no quieren comprometerse. No me importa lo que hagan, no les tengo miedo, ya no me pueden hacer más de lo que me hicieron.
El sol se ponía cuando regresaba a casa después de jugar a la salida del colegio, antes de entrar, a veces, yo sacudía el árbol que estaba frente a la zanja para ver si caía una granada, me gustaba mucho esa fruta, me divertía cuando mi madre simulaba enojarse mientras limpiaba de mi cara las huellas rojas que daban cuenta de mi banquete.
Ahora a ellos les molesta si mi boca se mancha cuando como o bebo, miran mal la caja de vino, les da asco, no va con sus buenas costumbres. Son unos falsos, seguro que hacen cosas mucho peores. Deben tener muy sucia el alma
Otras veces cuando entraba a casa iba al piso de arriba, a la pieza de mi hermanito, me encantaba verlo dormir en su cuna. En ocasiones llegaba cuando mamá lo estaba bañando, ella me dejaba ayudarla, después me mandaba a mí a que me bañara.
Hoy les da asco que no me bañe, hacen caras, mueven la cabeza, no me importa, les saco la lengua. No tengo casa, este lugar es mi hogar, no tiene baño, mamá no está ¿dónde está?
Cuando volvía de la escuela, tomaba la merienda, me gustaba mojar la galleta de trincha en la taza de leche con Vascolet. Escuchaba en la radio las aventuras de Tarzán y después hacia los deberes. Durante la cena mis papás escuchaban el programa de los Pérez García, me dejaban escucharlo con ellos, ¡pobres Pérez García, cuantas cosas les pasaban!
Este lugar está cerca de una escuela, las señoras van a buscar a sus hijos, la mayoría ni me mira, solo algunos pocos niños me sonríen muy de vez en cuando. ¿Les gustará tomar la leche? ¿Escucharán a los Pérez García? Yo hace mucho que no los escucho, no tengo radio.
Me gustaba ir a la secundaria, el colegio quedaba cerca de casa, me entusiasmaba estudiar Historia. Cuando volvíamos del colegio me quedaba charlando con Verónica en el umbral de su casa. Hablábamos de las injusticias sociales, nos preguntábamos que podíamos hacer para ayudar a que todo fuera más justo. Ella se enojaba mucho con los ricos, decía que podrían repartir algo de lo que tenían entre los más pobres. ¡Que linda que era Verónica!, que bien le quedaba el jumper gris.
Por delante de donde estoy ahora veo pasar muchas chicas de jumper gris, todas igualitas a Verónica, las acompañan muchos chicos iguales a mí, van gritando y cantando, los llamo, me contestan mal, me amenazan, se burlan de mí, no me gusta, me da miedo que me peguen, me acurruco, me hago chiquitito. Escondo la caja de vino.
Me gustaba subir a la terraza de mi casa y desde ahí hablar con Verónica mientras ella tendía la ropa que había lavado su mamá. Qué bueno que era sentir el perfume a limpio que salía de la ropa, era el mismo olor que tenía Verónica. Ella tenía el alma limpia.
Mi ropa está sucia, hace mucho desde la última vez que la lavaron, fue cuando me llevaron a la comisaría porque algunas personas se quejaron. Hace un rato una señora me trajo una camisa limpita con muy rico olor, que raro, seguro que la van a retar porque hizo eso. Me la pongo, ¡que bien huele! Mi alma esta triste.
¡Que linda la fiesta de egresados!, estábamos todos muy contentos. En el salón del club del barrio no cabía un alma más. Verónica se veía esa noche más linda que nunca, estaba tan hermosa que tenía miedo de perderla y me animé a decirle que la quería, que quería ser su novio. ¡Que lindo fue el primer beso!
Las chicas igualitas a Verónica y los chicos igualitos a mí vuelven a pasar adelante del umbral, las chicas no usan jumper ni los chicos uniforme, pero llevan cuadernos y libros, algunos chicos le dan besos a algunas chicas, eso me da alegría, los miro y me río, los aplaudo, me acerco, se enojan, me insultan, me quieren pegar, me escapo y salgo corriendo.
¡Que lindo era andar de novio con Verónica! Íbamos a la facultad, estudiábamos Abogacía. A mí me gustaba más Historia, pero quería estar cerca de ella. Volvíamos todas las noches caminando desde la estación hasta nuestras casas. A ella le seguían preocupando los pobres, trabajaba en la acción católica, salía a las villas a hacer tareas de ayuda, yo la acompañaba siempre, tenía miedo que le pasara algo.
A la vuelta hay una iglesia a la que a veces voy para que me den de comer. Hay un acto, se juntó mucha gente en la puerta, tienen carteles, prometen cosas, suenan bombos, se juntan todos y salen por la avenida cantando y gritando, van para el centro. Hay elecciones.
Verónica andaba muy excitada, el General finalmente estaba por volver. Ella decía que venían muy buenos tiempos, que por fin habría justicia social. Tan entusiasmada estaba que se había afiliado al partido. Como siempre yo la seguí, haciendo lo mismo.
Hay mucha alegría en la calle, y no es solo por las fiestas, parece que alguien ganó las elecciones. Es navidad, en la iglesia nos dan pan dulce y turrón. Yo consigo vino.
El General había vuelto, era presidente y la gente estaba alegre. Verónica trabajaba mucho y yo la ayudaba, frecuentábamos las villas, formábamos comisiones, visitábamos a los supermercados, controlábamos que no escondieran mercadería y que no cobraran de más. Verónica estaba muy contenta. Y yo era feliz.
Otra vez está por llegar la navidad, la gente ya no canta, hay mucho lío, dicen que en el centro andan a los tiros, que hay muertos, parece ser que el presidente renunció. Algunas mujeres dicen que vienen tiempos difíciles, que tienen miedo.
Era navidad, estábamos tristes, el general había muerto y las cosas iban cada vez peor. Papá había puesto luces y adornos en el pino del jardín de adelante. Papa Noel iba a venir igual, a mí me gustaba. Le había comprado un regalo a Verónica pero ella tenía mucha pena. También estaba asustada, se hablaba de desaparecidos. Yo le decía que la iba a cuidar, que no le iba a pasar nada.
En la calle hay muchos policías, muchos patrulleros, la gente anda seria, no me gusta, tengo miedo, me escondo, no quiero que me vean. Me ven igual, me caen mal sus uniformes, los insulto, les grito, me quiero escapar, me corren, me alcanzan, me llevan arrastrando, les sigo gritando, me tapan la cabeza, me meten en el auto, andamos un rato, llegan a la comisaría, me bajan, me tiran en una celda, cierran, me dejan solo. Lloro y lloro. Llamo a mamá, a Verónica, me gritan que me calle, me duermo.
Ya habíamos cenado y abierto los regalos, estábamos sentados con Verónica en el umbral de su casa. De repente llegaron, aparecieron de golpe, tenían fusiles, eran muchos, les gritaba, les pedía que me llevaran a mí, no a ella, pero parece que no escuchaban. Primero nos pegaron, después nos subieron al auto. Llegamos a un lugar con un sótano, nos separan. Estaba oscuro, se escuchaban desgarradores los gritos de Verónica, ¡qué desesperación! Grité que no le hagan nada, supliqué, lloré, pero nadie me hacía caso, me puteaban, me golpeaban. Finalmente me desmayé.
Vienen a la celda, me sacan, me llevan a un patio, dicen que huelo mal, me manguerean, no me gusta. Me vuelven a la celda, me quedo quieto, no me importa nada. Verónica ya no está, ¿dónde estará?
La veía entre sombras, eran varios, la violaban, me miraban, se reían. Yo gritaba, venían, me tiraban en un elástico, tenían cables, me los apoyaban en el cuerpo, la corriente me dolía, me quemaba. Me abrían la boca, buscaban la muela, ponían el cable, explotaba el dolor, me encegueció una luz y luego... oscuridad total.
Vuelven una vez más a la celda, me sacan al salón de entrada, me tratan de linyera, de croto apestoso, me dicen que me vaya, pero que no joda más en la calle, porque si me vuelven a traer me van a cagar a palos. Salgo a la vereda, hace mucho calor, la barba me pica mucho ¿serán piojos otra vez? De nuevo estoy libre.
¿Libre?
Había pasado demasiado tiempo. Otra vez la luz y yo tirado casi sin fuerzas en el suelo de aquél sótano. Creí estar sólo pero aparecieron. Me agarran como a una fiera y me tiran en la caja de una camioneta. Viajamos un rato hasta que siento el ruido de los frenos. Ellos se bajan, me empujan, me tiran sobre el lodo. Creo estar a orillas del riachuelo pero no llego a comprobarlo, justo antes sacan un arma, discuten y me golpean con la culata en la cabeza. No se cuanto tiempo estoy así, me incorporo, me alejo del lugar, no se adónde ir, renace la oscuridad.
Camino por la calle, al sol, todavía tengo húmeda la ropa, pido, consigo unas monedas, me compro una caja de vino, pronto va a estar todo bien. Llego a la plaza, hay mujeres con pañuelos blancos en la cabeza, se parecen a mi mamá, me acerco a una, le grito mamá, la llamo, me mira, no me hace caso. Veo a un policía, me alejo.
Estoy de vuelta en el umbral donde duermo, le pusieron rejas, ¡qué rabia!, me encerraron otra vez. No importa, ya conseguí monedas, ya tengo otra caja de vino…ya me la tomé toda, ahora si me siento bien. Camino por la calle, y mientras me dejo llevar descubro que allá a lo lejos y al final están las vías. ¡Qué lindo es caminar sobre ellas!, Soy un equilibrista, soy… ¡qué raro! esa es la voz de Verónica, pronuncia mi nombre, me está llamando, viene en el tren, justo detrás de esa luz que me va a llevar hasta donde está ella, me abalanzo a su encuentro.…
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Oficio
Nicolás no era un profeta, ni un traductor de metáforas y mucho menos un experto en cronologías. Ejercía una profesión en la que nadie creía demasiado, pero él la llevaba adelante con gran obstinación.
Tenía su taller en una calle sin bocacalles. Era de mano única y cruzar a la vereda de enfrente se le había vuelto imposible. En el interior del local guardaba todo tipo de posibilidades dañadas.
De tanto en tanto, algún vecino llegaba a su taller empujado por la angustia. Él lo recibía, y se quedaba un largo rato revisando el objeto de su aflicción en silencio, mesándose la barba. Después le decía:
—Está muy dañado, se ve que lleva mucho tiempo apagado. Voy a intentar devolverle el sentido, pero es una tarea difícil. Volvé la semana que viene y te digo cómo va la cosa.
Lo más curioso es que ninguno de los clientes que le hubieran dejado el objeto de su preocupación regresaba. Parecía más bien que, en lugar de buscar la reparación, lo que realmente querían era sacarse de encima eso que los cargaba de culpa.
Nicolás tenía en el taller preocupaciones de muchísimos vecinos del pueblo. A la mayoría de ellos los veía pasar por la vereda de enfrente. Salía a la puerta de su local y los llamaba, quería contarles cómo iba el avance de su trabajo. Pero ninguno le contestaba y aceleraban el paso.
Con el correr del tiempo fue perdiendo la paciencia, y cada vez que veía pasar alguno salía a la puerta. Ya no los llamaba: les exigía a gritos que cruzaran y lo escucharan, que tenía algo que decirles. Como siempre, ninguno atendía su demanda y se apuraban aún más por alejarse.
Una mañana, después de haber pasado la noche en vela, vio pasar al primer cliente que lo había visitado. Empujado por la desesperación, logró cruzar a la vereda de enfrente y lo agarró del brazo. Esa persona empezó a gritar y a pedir auxilio. Se sumaron otras que también habían estado en el local de Nicolás. La violencia fue creciendo.
Enseguida llegó una patrulla. Pasado un largo rato se lo llevaron detenido y lo alojaron en una celda.
Después comenzaron a interrogarlo, pero no respondió a ninguna de las preguntas. Frente a esta situación llamaron a una funcionaria del área de Situaciones Especiales.
Ella entró a la celda, se sentó a su lado y. sonriendo, inició la conversación. Pasados unos minutos, hizo su primera y única declaración.
—Nadie entendió nunca mi verdadero oficio, soy un Restaurador de Futuros. Y lo ejerzo procurando devolverle el sentido a los anhelos que la gente abandonó, porque mantener vivos los sueños alarga la vida.
En la celda, por primera vez en mucho tiempo, no estaba solo: lo acompañaban todas las posibilidades que nadie había querido recuperar.
Miró a su alrededor. Entendió que allí su oficio tendría sentido. Se acostó y durmió con una paz que hace mucho no sentía.
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De tanto en tanto
Fortunata ama cantar; siente que, cada vez que lo hace, abraza la vida. Su voz mitiga las penas, acerca a los enamorados, acaricia el alma de los que sufren y hace aflorar las sonrisas. Cada mañana espera con impaciencia subirse al tren donde, a cambio de unas monedas, despliega el arte que los dioses le regalaron.
Leopoldo ama la música; al rasgar las cuerdas, ve el alma de los viajeros, el ambiente se limpia, los enemistados se reconcilian y la alegría renace. Cada mañana, él también espera con impaciencia subirse al tren donde, a cambio de unas monedas, despliega el arte que los dioses le regalaron.
Fortunata y Leopoldo se encontraron en el último vagón del tren un día en que los dioses jugaban. Se reconocieron al oírse. Al unirse su arte, el paraíso abrió sus puertas, sus corazones se hablaron y sus emociones se fundieron. Desde entonces, nunca más se separaron.
Si alguna vez, al subir al tren que viene del sur, encontrás cantando a una muchacha sin brazos, acompañada por un muchacho ciego que toca la guitarra, sabrás que son Fortunata y Leopoldo. Sentite feliz por ese regalo del destino y disfrutá de su don, ya que, desde que unieron su arte y sus vidas, solo bajan de tanto en tanto.
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Hábito
Sube al vagón moviendo su bastón de un lado a otro y se detiene en medio del pasillo. Permanece en silencio un instante, como reuniendo fuerzas. Su voz, tenue, suena como un grito ahogado; la desesperación retumba y se estrella contra la indiferencia. Es uno de tantos que, cada día, recorren el mismo destino. Se le nota auténtico: su dolor toma forma en el aire y queda suspendido, esperando un gesto compasivo, una respuesta.
El silencio que lo rodea lo obliga a alzar el tono. Su súplica se desborda y su voz raspa el aire con una crudeza agotada por la repetición. Con un gesto lento, se pasa la mano por el cabello. Luego, apoyado en el bastón, espera la llegada a la siguiente estación, cargando consigo una esperanza obstinada.
Por un instante fugaz, queda flotando en el aire una nube de congoja. Pronto se desvanece, consumida por el hábito endurecido de ignorar el dolor.
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El mar de los sueños
Gabriel, durante mucho tiempo, se dedicó a perseguir sueños. Concretó unos pocos; otros le resultaron inalcanzables. Hoy ya no busca. Vive en una casa a orillas de un río. Entre sus pocas pertenencias, atesora un pájaro tallado en madera por manos soñadoras: un hermoso cardenal rojo.
Gabriel habla con su cardenal rojo. Este no le contesta; los pájaros tallados en madera no tienen permitido hablar con las personas humanas. Al menos, por ahora. Tal vez algún día lo hagan. Mientras tanto, Gabriel le cuenta sobre sus sueños: los que alcanzó y los que no. No le importa que no haya respuesta. Quizá solo necesita ser escuchado.
Una tarde, llevó al cardenal rojo a orillas del río. Allí, bajo la sombra de los árboles, le confesó cuál era el sueño que más le dolió no alcanzar. El cardenal guardó silencio, como siempre. A Gabriel no le importó y siguió hablando. Con cada palabra, su voz se tornaba más vehemente, más cargada de emoción. Le contó que la noche anterior había revivido, en sueños, aquel anhelo tan deseado.
En medio de su entusiasmo, sin querer, empujó al pájaro, y este cayó al río. Gabriel se quedó inmóvil, observando cómo el cardenal rojo era arrastrado por la corriente. Por un instante, se preguntó si realmente los pájaros tallados en madera no podían hablar con las personas humanas.
Entonces, sin pensarlo dos veces, se metió al agua y comenzó a nadar río abajo, persiguiendo la corriente. En su mente, solo una idea: alcanzar la desembocadura en el mar de los sueños.
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El vendedor de poemas
El cambio de horario en su trabajo hizo que Gabriel, un joven licenciado en genética de treinta y tres años, comenzara a volver a su casa en los últimos subtes del día.
La nueva rutina no le resultaba cómoda. Llegaba tarde, y el tiempo para compartir con su esposa, Silvana, embarazada de su primer hijo, se le escurría entre los dedos.
Si algo tenía de bueno aquel horario, era la tranquilidad del viaje: vagones a medio ocupar, asientos disponibles, silencio.
La modificación no era casual. La organización para la que trabajaba le había encomendado una investigación especial, confidencial, que debía realizar una vez que el resto del personal se retirara.
El proyecto giraba en torno a la clonación.
Gabriel se sumergía cada noche en las posibilidades, y en los límites, de la reproducción celular: fines terapéuticos, preventivos, reproductivos… y también otros, más difusos, más inquietantes.
Sabía que caminaba sobre un terreno resbaladizo. Las preguntas éticas aparecían con la misma facilidad que las promesas científicas.
Al principio, la designación lo había halagado. Se sintió elegido, incluso privilegiado.
Pero con el correr de los días, algo empezó a cambiar. Las dudas. Algunas nacían de su propio análisis. Otras, más incisivas, venían de Silvana.
A pesar del compromiso de confidencialidad que había firmado, Gabriel le había confiado el proyecto.
Ella se oponía con firmeza. No aceptaba la idea de intervenir en la condición humana de ese modo.
Su mirada, atravesada por la teología, no era científica, pero tampoco ingenua.
Gabriel, aunque intentara sostener sus argumentos, no podía ignorar que muchas de sus preguntas eran incómodamente válidas.
Quizás por eso, en los viajes de regreso, se refugiaba en la observación.
Desde su asiento miraba a los pasajeros. Los que dormían. Los que leían. Los que parecían hablar solos. Los que llevaban el cansancio tatuado en la cara.
A veces jugaba a imaginar qué pensamientos cruzaban sus mentes.
Otras, fantaseaba con intercambiar identidades: poner la mente de uno en el cuerpo de otro y observar el resultado, como si la vida fuera también un experimento.
Con el tiempo, empezó a reconocer a los habituales. Sabía quién leería, quién dormiría, quién miraría fijo hacia la nada.
Y también a los vendedores ambulantes, que subían ofreciendo toda clase de objetos.
Entre ellos, uno le llamó particularmente la atención.
Era un joven de edad similar a la suya, con un aire de intelectual de otra época: pelo y barba largos, ropa desprolija, mirada serena. Subía siempre en la misma estación, con un bolso de tela colgado al hombro izquierdo.
Pero no vendía objetos. Vendía poemas. Sacaba hojas sueltas y las iba entregando, una por una, a cada pasajero.
Sin apuro. Sin insistencia.
A Gabriel le gustaba imaginar que en ese bolso viajaba toda la poesía del mundo. Que cada hoja no era elegida al azar, sino destinada: como si aquel joven pudiera intuir qué necesitaba cada alma.
Así, viaje tras viaje, Gabriel fue leyendo a Guillén, Martí, Machado, Whitman, Espronceda, Pedroni…
Y en esas palabras empezó a encontrar algo que no buscaba. Primero emociones, después preguntas. Y finalmente, una inquietud persistente que se filtraba en todo. La poesía no le daba respuestas. Pero le desordenaba las certezas.
Y, casi sin darse cuenta, comenzó a esperar ese momento. A necesitarlo. Sin embargo, nunca habló con el vendedor.
Una noche, el joven no subió. Al principio no le dio importancia. Pero los días pasaron… y la ausencia empezó a pesar. Algo en él se inquietó. Algo que no supo nombrar. Los viajes siguieron, pero ya no eran lo mismo.
Entonces comenzó a buscarlo.
Probó otros horarios. Llegó más temprano al trabajo. Se fue antes. Cambió rutinas. Recorrió estaciones, andenes, vagones. Nada. Nadie parecía conocerlo. Como si nunca hubiera estado allí.
Durante semanas insistió, aferrado a la posibilidad de volver a encontrarlo. Pero el rastro se desvanecía cada vez más. Hasta que un día no fue a trabajar. Se quedó en su casa conversando con Silvana.
Le habló de todo: de la búsqueda inútil, de los poemas, de lo que le estaban provocando. De cómo, sin darse cuenta, habían ido modificando su mirada. El día se fue apagando entre palabras.
Al caer la noche, le dijo que saldría a caminar. Anduvo sin rumbo. Hasta que, casi sin decidirlo, sus pasos lo llevaron a la estación de siempre. Bajó las escaleras lentamente. Un subte partía en ese momento. Esperó.
Cuando llegó el siguiente subió al vagón. Se quedó de pie, en el centro. Miró a los pasajeros. Uno por uno. Luego acomodó un bolso de tela sobre su hombro izquierdo. Sacó unas hojas. Y comenzó a entregarlas.
De a una. De mano en mano. Como si siempre hubiera sabido que ese era su lugar.
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La Lamia enamorada
Llegué al aeropuerto de Barajas muy temprano. Me dirigí hacia el lugar en el que habitualmente como. Tomé un tiempo para elegir el vino. El viaje estuvo cargado de emociones, las presentaciones salieron muy bien y merecía emprender el regreso con el agasajo de un buen tinto y una rica comida. Mientras comía observaba a los viajeros, imaginaba distintas historias. Llegado el momento fui a despachar el equipaje e ingresé a la sala de preembarque.
Con la partida ya cerca me senté en una cafetería, tomé la lágrima que pedí y dejé volar libremente mi imaginación. A través del ventanal observé el cielo, me detuve en una nube que me sugirió una playa bañada por las olas. Esto me transportó a La Villa, muchos años atrás, y me vi en la arena, frente al mar, alrededor de un fogón, mirando embelesado a Estela tocar la guitarra.
El momento quedó como suspendido, y solo la veía a ella, con su melena apenas movida por el viento. La evocación trajo a mi mirada viejas lágrimas; me levanté y empecé a andar. Mientras caminaba, su recuerdo se hacía más presente; no sé qué ocurriría hoy si no nos hubiéramos separado, pero... tanta ausencia suya me llevó a verla como la suma de todas las perfecciones. Recordé aquel cuento que empezáramos a escribir juntos, sobre una alegoría del amor, se apoyaba en la figura de un hada que cobra forma humana al enamorarse de un joven revolucionario. La idea se correspondía con aquellos tiempos, corría el año sesenta y ocho, y el mayo francés nos había cargado de esperanza.
En realidad, nunca avanzamos más allá del nombre de la pareja: Lamiña, el hada vasca y Augusto el joven revolucionario. La idea general de la trama mezclaba ideales, amor y solidaridad. Pasados unos meses nos separamos, y nos fuimos volviendo recuerdo. Años después vino el tiempo de la oscuridad, Estela abandonó su forma humana y como los torturadores no pudieron con su alma, hoy seguramente habita el territorio de las hadas buenas. Yo me ausenté del país y anduve demasiados caminos hasta llegar a este punto.
El momento se fue disipando y me dirigí a la zona de la puerta de embarque. Vi un cartel que anunciaba la partida de un vuelo a Irlanda. Asocié ese lugar con duendes, hadas y gnomos. Enseguida empezaron a llegar los pasajeros de ese vuelo.
Pasado un rato, vi a una joven sentada en el piso, un escalofrío me recorrió la espalda, su parecido con Estela era notable. La miré con tanto detenimiento que ella lo advirtió y levantó la vista. Avergonzado, desvié la mirada.
No pude evitar volver a mirarla, lo hice con el mayor disimulo posible, pero ella se dio cuenta. Pensando que aguardábamos el mismo vuelo esbozó una sonrisa como compartiendo conmigo la impaciencia. Me acerqué a su lado e iniciamos conversación. Me enteré de que era vasca, de Vitoria, me contó que era violinista, que iba a Irlanda a formar parte de una orquesta de música celta. Le dije que se parecía mucho a alguien que conocí. Conversamos animadamente.
Finalmente anunciaron el embarque de su vuelo, la fila comenzó a moverse y ella, con la misma espontaneidad que caracterizaba a Estela, se despidió dándome un beso en la mejilla. Me quedé viendo cómo se alejaba, de pronto, sacó un libro de su bolso, regresó corriendo hasta mí, me lo entregó y regresó a la fila.
Fue todo tan rápido y quedé tan conmovido que, recién pasado un momento miré el libro y vi su título: La Lamia enamorada (Leyendas de hadas vascas).
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Despertar
Su frase de cabecera era: “No puedo perder tiempo”.
Cronometraba el café, los saludos, las sonrisas y hasta el amor. Desconocía la palabra siesta.
Un día, sin querer, se detuvo frente a una plaza. Se sentó en un banco y miró cómo un perro mordisqueaba una rama.
El reloj, su dios personal, vibró en su muñeca. Lo apagó.
No se movió durante horas. La plaza era un concierto de juegos. Sintió un cansancio placentero que desconocía. Se fue a su casa.
Esa noche durmió como nunca.
A la mañana dejó el reloj en la mesa y salió.
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Sombra
Todas las mañanas, al salir del subte, saludaba al Obelisco, caminaba unos metros por Diagonal Norte y doblaba en el pasaje. Avanzaba por la vereda como si fuera un tablero. A veces se deslizaba con la diagonal rápida de un alfil; otras, saltaba un charco con la brusquedad de un caballo. En ciertos momentos quedaba inmóvil, firme como una torre que custodia algo que nadie ve. Muy de vez en cuando, caminaba con la solemnidad lenta de un rey. Pero la mayor parte del trayecto lo hacía con pasos humildes, casi resignados, como un peón.
Los comerciantes lo vieron moverse así durante años. Se volvió parte del paisaje matinal. Respondía los saludos con un gesto breve, educado, pero jamás cruzó una palabra. Caminaba con la vista clavada en el empedrado, como si temiera equivocarse de casillero.
Seguía siempre la misma ruta. Los vecinos más antiguos recuerdan que a veces quedaba detenido en un punto fijo, como esperando una señal que nunca llegaba. Al final del pasaje doblaba hacia la 9 de julio. Algunos lo siguieron por curiosidad, pero al llegar a la esquina ya no estaba, como si se deshiciera en el aire.
Una mañana, las obras de recambio de baldosas bloquearon su camino. Se quedó allí, observando a los obreros como quien contempla un enigma. Permaneció horas sin moverse. De pronto, dio media vuelta y se marchó.
Nunca más se lo vio. Algunos aseguran haberlo encontrado en otros pasajes con veredas antiguas. Otros dicen que, en ciertos amaneceres, cuando el sol se filtra entre los edificios, su sombra todavía aparece en el suelo, atrapada bajo baldosas nuevas.
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Partida
Cae la tarde en Buenos Aires, es otoño. Las hojas caídas resisten en la vereda, como si todavía guardaran un resto de voluntad.
Lo veo caminar por Constituyentes con la lentitud de quien no espera nada, o de quien ya sabe lo que le espera.
Dobla en Roosevelt y cruza de vereda. Cuando llega al club se sienta a la mesa junto a sus compañeros de juego. Ellos lo miran en silencio, como si supieran.
Pide una copa de vino y bebe un trago. Sobre la mesa caen los naipes del truco.
Los orejea: le muestran su débil identidad, casi una confesión.
Frunce el ceño y, con voz gastada, mintiendo el envido, empieza la partida, jugándose el resto.
Ya conoce el resultado.
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Sobre la mesa
Me gustan los viejos cafés. Su atmósfera está cargada de antiguas historias, y en sus mesas siempre nacen otras nuevas. Suelo ir con frecuencia a alguno de ellos, con la esperanza de que alguna historia se cruce en mi camino y poder convertirla en palabra escrita.
En este bar, un martes, me llamó la atención un hombre sentado junto a la ventana. Escribía en un cuaderno mientras bebía un vino tinto. Lo hacía despacio, como si en cada sorbo buscara una respuesta. Había en él algo que me conmovía, algo que me atrapaba. No pude dejar de observarlo.
En un momento detuvo la escritura y se quedó mirando la avenida. Luego alzó el vaso, brindó al aire y bebió el último trago. Rasgó la hoja del cuaderno con una lentitud casi ritual, la dobló con cuidado y la dejó sobre la mesa.
Pasados unos minutos se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, giró la cabeza y miró la mesa, como asegurándose de que la hoja siguiera ahí.
Le pregunté al mozo si lo conocía. Me dijo que venía todos los martes a esta misma hora. Movido por la curiosidad, volví varias semanas.
Un martes, después de que dejara la hoja sobre la mesa, me acerqué a él y entablamos una conversación. Me animé a preguntarle qué era lo que escribía. Él me miró unos instantes y dijo:
—Escribo con la esperanza de que ella, desde el lugar en que esté, lea lo que nunca me animé a decirle.
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Bruma
Una fuerte bruma cubre el camino. Obstinado, continúo la marcha. Toco la espesura para que se desvanezca, sigue igual. La empujo, se resiste, lo hago con más fuerza, cede un poco.
Veo un banco de madera, me siento. El mar parece una inmensa alfombra que cae al borde del horizonte.
Me levanto y camino hasta el borde del acantilado.
Las siluetas de muchos recuerdos se mueven sobre el océano. No duelen. O tal vez sí, pero es un dolor manso. El eco de viejas canciones suena en el aire.
Una silueta se destaca entre todas, es muy familiar, demasiado. Sonrío.
Empiezo a caminar a su encuentro… me acerco... estiro la mano... me ilusiono. Se disuelve, es nostalgia.
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Luminiscencia
Hay palabras que, si caminan separadas, son como náufragos distantes.
Una, allá, sentada en un banco de la plaza, murmura una letra sin final. Otra se arrulla a sí misma en silencio. Hay una que se cree verbo pero tiembla porque le falta el sustantivo. Y está aquella que dejó de pronunciarse por miedo a convertirse en eco.
Todas, algunas noches, se arriman a la orilla de su existencia y se miran de lejos, como si fueran reflejo de sí mismas.
Cuando se encuentran, no se abrazan, se rozan apenas, como si desconfiaran de sus sueños.
Pero a veces, muy de tanto en tanto, un viento leve las junta. Y entonces, en el preciso momento en que el sol le sonríe a la luna, se produce el milagro.
Y en esa breve luminiscencia de luciérnagas, alguien, en algún lugar del mundo, sentirá una punzada en el alma sin saber por qué.
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Ilusión
La quietud se le había colado sin pedir permiso, como si fuera una vieja amiga que volvía sin anunciarse. Llegó justo cuando el horizonte, por alguna razón, se había escondido. Al principio no la notó. Se dejó llevar por los pequeños rituales: el mate, la lectura y las viejas canciones.
Pero un día la quietud cambió. Ya no era compañía: era una presencia que le rompía los huevos. Se sentía en medio de una oscuridad, a tientas, como si estuviera jugando al gallito ciego. Temió darse un porrazo y no estaba para golpes.
Entonces entendió. La quietud se le estaba cagando de risa.
Para que se dejara de joder, le gritó. No una vez: varias. Después fue a buscar el caballete que estaba arrumbado desde hacía un tiempo. Una pata estaba floja; la ató con alambre. Puso un lienzo en blanco y lo miró un rato. Le costó encontrar sus cosas de pintura, pero cuando las tuvo en la mano empezó. Pintó una ventana. Y afuera, una línea lejana, luminosa.
Cuando terminó, se quedó un largo rato frente a esa ilusión y se dijo:
—Ahora sí.
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Si usted se animase
Le cuento a usted que, merodeando por aquellas calles de nuestra fundación, escondido en cada atardecer, hay un poema perdido; hace demasiados años que anda errante buscando su nombre. Tal vez sus versos podrían salir de ese laberinto si por casualidad usted se animase
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