A lo largo de la vida uno se va encontrando con palabras que son trampas del lenguaje. Por ejemplo: etapa pasiva.
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Celebrando nuestras jubilaciones, con mi esposa nos animamos a una caminata en El Chaltén, rumbo a la Laguna de los Tres, al pie del Monte Fitz Roy. No teníamos experiencia ni equipo; apenas las ganas y esa obstinación silenciosa de los porfiados que, sin hacer ruido, empuja.
Subimos como pudimos. Con dudas, con cansancio, con ese diálogo íntimo en el que el cuerpo pide detenerse y algo más, difícil de nombrar, insiste en seguir.
Cuando llegamos, no fue solo el paisaje lo que nos conmovió. Fue la sensación de haber corrido nuestros propios límites. Como si algo en nosotros se hubiera movido de lugar.
Esa pequeña transformación ya no nos soltó. Se fue haciendo camino en otros senderos, en otras decisiones, hasta que un día, en Mondoñedo, mientras presentaba una de mis novelas, una charla con peregrinos dejó flotando la idea del Camino de Santiago.
La llamé. Le propuse hacerlo. Dijo que sí, como ha dicho a cada aventura que le planteé a lo largo de estos cincuenta y seis años compartidos.
Ese mismo día compré nuestras primeras credenciales.
No sabía entonces que no sería un solo camino…
Aquí quedó una síntesis de lo andado, textos que nacieron en el Camino empujados por alguna emoción o por la belleza de un paisaje.
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Y finalmente llegó el momento: el inicio en Irún.
Un mediodía de junio llegamos con esa mezcla de ansiedad y asombro que tienen los comienzos. La llovizna acompañaba y, como manda la tradición, cruzamos el río Bidasoa hacia Hendaya. Como hijo del exilio republicano, no pude evitar detenerme en el cruce, frente a un escrito sobre la guerra civil. Un puente, dos orillas… y la sensación de estar empezando algo que todavía no sabíamos nombrar.
Entramos a la iglesia de Nuestra Señora del Juncal, ese nombre me llevó a mi adolescencia en Tandil. Un sacerdote estampó el primer sello en nuestras credenciales, sonrió y dijo: “Buen camino”. No imaginaba entonces cuánto iba a resonar esa frase.
A la mañana siguiente, con la ciudad aún dormida, dimos los primeros pasos. Pronto entendimos que el camino también se recorre siguiendo señales: una flecha, una vieira, una marca cualquiera que, más que orientar, abraza.
Subimos, bajamos, dudamos. Nos sorprendimos. El paisaje, verde, abierto, infinito, nos iba confirmando algo que ya intuíamos: estábamos donde queríamos estar.
Al caer la tarde, llegamos a San Sebastián. Cansados, felices, un poco incrédulos. Habíamos atravesado la primera etapa.
Esa noche, mientras la lluvia volvía a decir presente, empezamos a creer que llegar a Santiago de Compostela no era solo un deseo.
Era una posibilidad.
Arrancamos esta etapa con la emoción de la cena de la noche anterior con Luisma, uno de esos amigos que me regaló el oficio de escribir.
Llegar a Deba no era una etapa más. Era volver a un lugar donde algo mío se hunde en la tierra.
Había estado antes dos veces, presentando mis libros. Pero esta vez llegaba distinto: como peregrino, con mi esposa a mi lado, con la ilusión de mostrarle ese pueblo que me habita tanto.
La lluvia nos acompañó buena parte del camino. Subimos entre barro y esfuerzo, con el cansancio pegado a las piernas y la expectativa tirando del alma. Hasta que, ya cerca, como un gesto de bienvenida, el cielo se abrió y el sol asomó tímido.
Entramos siguiendo las flechas, descendimos al pueblo por uno de esos ascensores que parecen un guiño inesperado. Y al salir, todo me resultó familiar: las calles, los nombres, los recuerdos. Caminé mostrándole, contándole historias que había escuchado de niño, reconociendo.
Pero no era solo el pueblo. Era mi historia familiar, mis raíces que hablaban.
Los amigos, los abrazos, los relatos que vuelven a enlazarse como si el tiempo no hubiera pasado. Una mesa compartida, un vino servido, la conversación andando sin apuro.
Esa tarde entendí que llegar también puede ser eso: volver a un lugar donde uno no solo es recibido, sino recordado.
El Camino del Norte es una sucesión de belleza que se renueva a cada paso. Uno llega a un lugar convencido de que es el más imponente… hasta que al día siguiente vuelve a sorprenderse.
Castro Urdiales no fue la excepción.
Llegamos temprano y nos dejamos llevar por sus calles, por el puerto, por ese aire antiguo que parece sostenerse en el tiempo. Pero más allá de su belleza indiscutible, había algo más que me esperaba.
En ese lugar, de algún modo, también estaba Hamlet Lima Quintana.
Lo había descubierto de joven, escuchando su voz decir La pajarita de papel. Años después, la vida me dio la oportunidad de conocerlo y de oírlo hablar de este mismo pueblo, de su paso por aquí, de ese tiempo atravesado por el exilio.
Por eso, mientras caminábamos, sentía que no estaba solo. Que en esas calles también andaban sus recuerdos, los de mi entrañable amigo Daniel, los de tantos que dejaron huella lejos de su tierra.
Y en algún lugar, como un eco, volvía aquel poema de Hamlet:
Muchas veces recuerdo Castro Urdiales, esa breve bahía…
Entonces entendí que el camino no es solo paisaje ni asombro.
También es memoria.
Entre Castro Urdiales y Laredo el paisaje no daba tregua: acantilados, playas, valles abiertos, bosques de pinos y encinas. Íbamos de asombro en asombro, apretando los dientes en cada subida.
Pero también fue una de esas jornadas en las que quedan resonando las palabras.
Al final de una cuesta encontramos una casa. En el balcón, un cartel: Buen camino, peregrinos. Nos detuvimos. El dueño nos saludó, dijo que se llamaba Luis y empezamos a conversar. Su perro, un ovejero, se echó a mi lado.
Había hecho varios caminos. Le gustaba detenerse a hablar con quienes pasaban. La charla se fue abriendo, como suelen abrirse las buenas conversaciones, hasta rozar la filosofía. Nos quedamos un buen rato.
Antes de despedirnos, nos miró y dijo algo que entonces nos sonó exagerado: que íbamos a volver, que al llegar a casa sentiríamos nostalgia del camino.
Retomamos la marcha. El ovejero nos siguió un largo trecho.
Aún no sabíamos cuánto sentido tenían las palabras de Luis.
A veces, las coordenadas de la vida se alinean en una conversación cualquiera.
Salimos de Villaviciosa bajo una lluvia torrencial. Tras diez kilómetros iniciamos el ascenso al Alto de la Cruz: cuatrocientos cincuenta metros de subida durísima. Llegamos exhaustos. Y, como suele pasar, la recompensa estaba arriba: un valle abierto, hermoso, desplegado a nuestros pies.
Después de treinta y dos kilómetros, arribamos a Gijón.
Llegar ahí era volver a un sitio familiar. Era la sexta vez: en mi memoria resonaban las presentaciones de mis novelas, las charlas, los encuentros. Pero esta vez era distinto. Esta vez llegaba caminando.
En Gijón también nos esperaba Fini Gómez Pérez, a quien le habíamos editado su primer libro y, hasta entonces, solo conocíamos por sus letras. Nos sacamos una foto en el lugar que elegimos como portada de su libro; ese rincón ya era parte de su historia. El encuentro tuvo la calidez de lo esperado y la alegría de lo real.
Al día siguiente, ella y nuestra amiga Ángeles nos acompañaron en la etapa hasta Avilés.
Y entonces entendí que, de vez en cuando, la vida regala estos cruces: caminos donde se encuentran las pasiones. La escritura. Y el andar.
Llegamos a Mondoñedo a media mañana. Había planificado una etapa corta. Pero no era un punto más del Camino. Era la tercera vez que llegaba.
En ese pueblo nació la idea de Pompilio Madrigal. Y también, en otro viaje, empezó a tomar forma este mismo camino.
Una vez instalados, salimos a recorrerlo. La Catedral de Mondoñedo nos recibió con su calma de siempre. Entramos despacio, como quien no quiere interrumpir algo que ya está ocurriendo.
Después vinieron las calles, los recuerdos, las pequeñas estaciones de la memoria: un café, una charla evocada, una imagen que vuelve.
Caminamos sin rumbo, dejándonos llevar. Deteniéndonos donde el lugar lo pedía.
Almorzamos frente a la catedral, con el tiempo suspendido en la sobremesa. Y entonces volvió esa sensación conocida: no querer irse. Como si algo en ese pueblo invitara a quedarse un poco más, siempre un poco más.
A la mañana siguiente, antes de partir, tomé una foto de la plaza. Después me quedé mirándola en silencio.
Retomamos la marcha.
Yo llevaba conmigo una sensación de despedida.
Nos levantamos antes del amanecer, empujados por la cercanía de la llegada. Desayunamos en silencio y, con las primeras luces, nos pusimos en marcha.
En diecinueve kilómetros estaríamos en Santiago de Compostela.
El camino, generoso, nos regaló una última despedida: senderos hermosos, peregrinos compartiendo la misma emoción, encuentros que se repetían como si el tiempo se hubiera detenido en ese andar.
Pasamos por el Monte do Gozo. Y desde allí, casi sin darnos cuenta, empezamos a descender. Los kilómetros se acortaron, el peso de la mochila también. Todo parecía empujarnos hacia ese momento.
Y entonces ocurrió.
Cruzamos la ciudad y desembocamos en la Plaza del Obradoiro.
Habíamos llegado.
La emoción era difícil de nombrar. Alegría, alivio, incredulidad. Risas que se mezclaban con ese temblor que anticipa el llanto. Intentábamos retenerlo todo en fotos, en miradas, en abrazos… como si así pudiéramos detener el tiempo.
En medio de esa intensidad, aparecieron otras imágenes: los años compartidos caminando la vida con Sara; los relatos de mi madre en esta misma ciudad, cuando visitaba a su padre, preso por el franquismo; las voces que venían de lejos y se hacían presentes. Y, por encima de todo, una certeza.
El camino no terminaba ahí.
Después vinieron los rituales, las despedidas, los nombres que ya eran parte de la historia. Pero eso era apenas la forma.
Lo esencial ya había ocurrido.
Un regalo de despedida
Apenas desarmamos las mochilas del Norte, el silencio de la casa empezó a llenarse con el recuerdo de los pasos. La nostalgia que Luis predijo en aquella conversación entre Castro Urdiales y Laredo no era una exageración. Era una cita pendiente. Así que, una vez más, le planteé a Sara un nuevo desafío: el Atlántico.
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Llegamos a Oporto, como en el camino anterior, una mañana de junio. El resto del día lo dedicamos a recorrerla. El río Duero nos dio la bienvenida y la hospitalidad portuguesa nos abrazó. Más que un paseo, fue una inmersión en una ciudad atravesada por la historia, la arquitectura y la vida. Sus puentes, y una copa de su vino, celebraban el momento.
Al día siguiente, temprano, iniciamos la marcha. Desde la Catedral de Oporto dejamos que las calles nos llevaran hasta la ribera. El Duero acompañó nuestros primeros pasos hasta abrirse al Atlántico.
A partir de allí, el mar fue presencia constante: playas, viento, horizonte.
Mientras caminábamos, como un eco que venía desde atrás, nos acompañaban las palabras de Luis, celebrando este nuevo comienzo. Y también volvían aquellas conversaciones sobre los límites, las mismas que habían nacido al bajar de la Laguna de los Tres. Había en este nuevo inicio algo de confirmación, como si cada paso reafirmara una decisión tomada tiempo atrás.
Cuando llegamos a Labruge sentimos que no era el final de una etapa.
Era la continuidad de un modo de vivir.
A cierta altura de este Camino empezamos a entenderlo como la continuidad, más amable, del gran esfuerzo del anterior.
Y, más allá del cansancio de los kilómetros, disfrutábamos de caminar conversando, jugando, inventando historias, como la de ese monstruo que, según nosotros, salía del mar y se adueñaba de la playa.
Los paseos marítimos nos llevaban hacia un horizonte siempre esquivo, y las largas pasarelas de madera se volvían un puente hacia nuevos asombros.
Porque, al final, tal vez la vida sea eso: un juego de causas y azares.
En una de las etapas del Camino anterior vimos unas piedras escritas, en una de ellas decía: El camino es la vida misma.
Nos quedó dando vueltas en la cabeza esa idea. La decisión de hacer este y algunas circunstancias que atravesamos al empezarlo nos hicieron darle valor.
En esta etapa portuguesa que mezclo la costa atlántica con el interior se nos hizo presente. La necesidad que a veces tenemos de encontrar una señal o el obstáculo que tenés que sortear se puso frente a nuestros ojos de una manera simbólica.
Esta ruta, además de la belleza de muchos paisajes nos permite compartir soliloquios.
Entramos a España llevando todavía el sonido de un fado. Portugal nos había despedido con un abrazo generoso.
Y al cruzar, Galicia nos recibió con una muiñeira.
El camino se volvió más locuaz. En el horizonte empezaba a insinuarse la Plaza del Obradoiro.
Caminábamos conversando, con una alegría anticipada, como si el solo hecho de haber llegado a España ya fuera, en parte, la llegada.
En mi memoria volvieron los ecos de Mondoñedo.
Son curiosos los mecanismos de la cabeza: a veces mezclan recuerdos con esperanzas… y de ese cruce empieza a crecer algo nuevo.
Vigo fue otro de los lugares a los que volvía, aunque esta vez con un sentido distinto. Dos años antes había llegado de la mano de una de mis novelas.
En esta ciudad laten lazos familiares que ni el exilio logró disolver.
Caminar sus calles, y en especial el puerto, era andar sobre el eco de voces que había escuchado de joven, en aquellas grabaciones en casete que cruzaban el océano.
Por una tarde, el camino quedó en suspenso.
La guerra civil no había logrado acallar las voces del afecto.
La entrada a la plaza del Obradoiro se repetía, sin embargo la emoción se multiplicaba.
Es muy difícil poner en palabras lo que se siente. Ni la imagen, ni la voz ni la escritura tienen tanto poder.
Porque lo que nos pasó esta vez no fue ver la catedral: fue sentir cómo algo en nosotros se aflojaba.
Como si el cuerpo reconociera antes que la mente que habíamos llegado otra vez.
No sé si era alivio, o gratitud, o esa mezcla rara que aparece cuando uno vuelve a un lugar que lo cambió.
Solo sé que, por un instante, nos quedamos quietos.
Y en ese silencio, muy adentro, empezaba a asomarse un nuevo anhelo: volver a volver.
Mientras tomábamos un café en el aeropuerto de Barajas, esperando el embarque del vuelo a Buenos Aires, se coló en nuestra conversación el eco de una voz conocida que nos decía:
—Van a volver.
Nos miramos y sonreímos aprobadoramente.
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Seis años después del Camino Portugués, y de haber atravesado algunas tormentas, volvimos a Europa con dos asuntos pendientes.
El primero lo resolvimos en Castelfranci, el día en que cumplí setenta y cinco.
El segundo empezó a resolverse al cruzar los Pirineos.
Este cruce fue mucho más que la superación de un desafío personal.
Fue un gesto de identidad, una declaración de vida.
Y también una reivindicación:
En mil novecientos treinta y nueve, mi madre y mi tía abuela lo cruzaban en sentido inverso, empujadas por el exilio.
Ahora yo lo recorría como una forma de devolverlas a la tierra a la que no pudieron regresar.
Cruzar los Pirineos y llegar a Roncesvalles representa tal cantidad de emociones y sensaciones que uno se ve tentado a desplegar una gran cantidad de adjetivos, pero en realidad todos ellos se resumen en una sola palabra:
Felicidad.
La etapa hacia Pamplona, salvo una breve subida, transcurre serena, entre huellas de arte románico.
Pero la entrada por el casco viejo tiene otra música. Hay en ese recorrido una magia difícil de explicar.
Y en un punto, como si la ciudad supiera por qué hacíamos el camino, apareció un guiño desde un balcón.
En algún lugar, dos sonrisas brillaban.
La etapa desde Villafranca del Bierzo hasta Las Herrerías nos puso frente a una elección: la variante de la montaña o el camino que acompaña la autovía.
Sin dudarlo, elegimos la montaña. A pesar de las recomendaciones que, por nuestra edad, sugerían lo más sencillo.
No nos arrepentimos.
No vimos a ningún otro peregrino. El camino era todo nuestro. El paisaje, una belleza. Por momentos, sentíamos que caminábamos sobre las nubes.
Había valido la pena el empecinamiento.
Dormimos en Las Herrerías, al pie de la subida reina del Camino Francés: O Cebreiro.
Un nuevo desafío a nuestras posibilidades. Otra trampa del lenguaje por desarmar.
Lo acometimos temprano, no sin un leve temor que se disipó en los primeros metros, arrastrado por el impulso de esa subida bella y exigente.
El Camino tiene algo curioso: por momentos te hace sentir omnipotente. Como si el tiempo se detuviera para que disfrutes un poco más.
Empecinarse, después de todo, es una forma apasionante de vivir.
Las últimas tres etapas transcurrieron sobre un suelo ya conocido.
Las caminamos conversando. Repasando lo vivido en el Camino… y en los cincuenta y seis años que llevamos andando juntos.
La noche anterior tuvo ese pulso de lo inminente, esa vibración leve que traen las vísperas de lo anhelado.
La felicidad, al final, siempre toma forma de instante.
Y hay que saber abrazarlo.
La plaza del Obradoiro nos recibió con unas gotas de lluvia.
Como si también ella supiera.
Nos quedamos un largo rato, de frente a la Catedral, en silencio, abrazados a esa paz que llega sin avisar.
No queríamos irnos.
Pero nos fuimos sabiendo que ese instante ya era nuestro.
Y que volvería, cada vez que el camino se nublara.
¿Volver?
Cuando subimos al avión que nos llevaría a Buenos Aires, esa pregunta se sentó a nuestro lado...