Después de tantos caminos recorridos, y en la quietud de esta pausa, me pregunté cómo podría seguir caminando.
Hay muchas maneras.
Desarrollar nuevos proyectos, por descabellados que sean.
O andar las calles de mi barrio, dibujándoles los paisajes que se me ocurran.
Y, por supuesto, escribir: dejar que los textos nazcan al influjo de un instante, una imagen, un paisaje, del olor de una flor, de una decepción o de una sonrisa.
Acá, con las distintas formas que nazcan, los iré dejando.
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(Este monólogo nació después de una clase de teatro. Mientras dos participantes improvisaban, el nombre de Godot apareció en mi cabeza como un visitante antiguo.
Se lo comenté a Inés, la profesora, y asintió: ella también lo había escuchado.
Hoy decidí ponerlo en mi voz. Quizás, en algún rincón, Godot lo escuche.)
Y sí… Godot no va a venir. Tampoco vos.
Sin embargo, muchas veces sentí que sus pasos se acercaban.
Empecé a escucharlos en aquel café de la esquina, cada vez que revolvía una lágrima en el pocillo. Muchas veces creí que se sentaba frente a mí y conversábamos. Lo juro. Pero siempre, en el momento justo, el sonido desaparecía.
Lo volví a escuchar una mañana, sentado en un banco de plaza. Y juraría que por un instante lo vi, en una figura que se acercaba. Cerré los ojos para abrirle la puerta de mi ilusión, pero cuando los abrí se había disuelto, como el trueno que apaga al relámpago.
Después de ese día dejé de escucharlo por mucho tiempo.
Seguí mi camino. Y me convertí en personaje de mí mismo, convencido de que lo que no iba a venir… no vendría. De esa manera él dejaría de ser lo que representaba, y yo viviría tranquilo.
Pero la astuta manera en que la piedra se mueve se puso delante de mí, y tropecé.
Él se me coló en un sueño, y volví a escuchar sus pasos. Me convencía de que solo debía esperar tranquilo, como si la paciencia fuera una virtud y no una forma lenta de rendirse.
Y escuchaba todo tipo de pasos, incluso los míos, que de tanto esperarlos se transformaron en ajenos.
Qué oficio raro este de esperar. Hay quienes esperan la vida y otros la muerte. Yo solo esperaba a Godot.
Y esperé con elegancia, con cierta dignidad de estatua: espalda recta, mirada firme, pero inmóvil. Al final el cuerpo se acostumbra y empieza a echar raíces en la nada.
Al principio contaba los días. Después las semanas. Después dejé de contar: solo esperaba.
Hubo épocas en que me preparaba para recibirlo. Me ponía la camisa menos triste y hasta ensayaba frases para darle la bienvenida. Al final decidí que improvisaría, que las mejores conversaciones nacen sin anunciarse. Como el amor. Como las despedidas.
Pero Godot no aparecía.
Lo peor de esperar mucho tiempo es que uno empieza a darle importancia a cualquier señal. Y las decepciones crecen. Y solo esperar no vuelve sabio a nadie: esperar te vuelve un poco paranoico.
Y empezás a sospechar que Godot no existe tal como te lo imaginás, que en realidad es un sueño que evita a los que esperan demasiado.
Debemos tener algo imbancable. Tal vez olemos a derrota, a vino barato o a un tango llorando.
Godot se convierte en tu imagen dibujada en el techo. Y te das cuenta. Y te da mucha bronca.
Y sí… Godot no existe. Tampoco vos.
(Me gusta jugar a vestir con palabras una foto. Este relato surgió de la observación de esta instantánea tomada en el “banco más bonito del mundo” ubicado en Loiba, Galicia)
Una fuerte bruma cubre el camino. Empecinado, continúo la marcha. Toco su espesura para que se desvanezca, sigue igual. La empujo, se resiste, lo hago con más fuerza, cede un poco.
Veo un banco de madera, me siento. El mar parece una inmensa alfombra que cae en el abismo del horizonte.
Me levanto y camino hasta el borde del acantilado.
Las siluetas de muchos recuerdos se mueven sobre el océano. No duelen. O tal vez sí, pero es un dolor manso.
El eco de viejas canciones suena en el aire.
Una silueta se destaca entre todas, es muy familiar, demasiado. Le sonrío.
Empiezo a caminar a su encuentro… me acerco... estiro la mano... me ilusiono...
Se disuelve, es nostalgia.
La quietud se le había colado sin pedir permiso, como si fuera una vieja amiga que volvía sin anunciarse. Llegó justo cuando el horizonte, por alguna razón, se había escondido. Al principio no la notó. Se dejó llevar por los pequeños rituales: el mate, la lectura y las viejas canciones.
Pero un día la quietud cambió. Ya no era compañía: era una presencia que le rompía los huevos. Se sentía en medio de una oscuridad, a tientas, como si estuviera jugando al gallito ciego. Temió darse un porrazo y no estaba para golpes.
Entonces entendió. La quietud se le estaba cagando de risa.
Para que se dejara de joder, le gritó. No una vez: varias. Después fue a buscar el caballete que estaba arrumbado desde hacía un tiempo. Una pata estaba floja; la ató con alambre. Puso un lienzo en blanco y lo miró un rato. Le costó encontrar sus cosas de pintura, pero cuando las tuvo en la mano empezó. Pintó una ventana. Y afuera, una línea lejana, luminosa.
Cuando terminó, se quedó un largo rato frente a esa ilusión y se dijo:
—Ahora sí.