Después de tantos caminos recorridos, y en la quietud de esta pausa, me pregunté cómo podría seguir caminando.
Hay muchas maneras.
Desarrollar nuevos proyectos, por descabellados que sean.
O andar las calles de mi barrio, dibujándoles los paisajes que se me ocurran.
Y, por supuesto, escribir: dejar que los textos nazcan al influjo de una imagen, de un paisaje, del olor de una flor, de una decepción o de una sonrisa.
Acá, con las distintas formas que nazcan, los iré dejando.
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Aquella tarde, cuando llegamos a Castelfranci estaba cerca del Palazzo Vittoli. Se acercó a nosotros como si nos hubiera estado esperando. Me dio la impresión de que para él, en lugar de llegar regresábamos.
Al día siguiente lo volvimos a ver, se nos adelantaba. Parecía que señalaba el camino.
Cuando el 19 de agosto de 2025 volvíamos eufóricos del edificio de la Comuna, estaba en la plaza de la Iglesia. Se movía alrededor nuestro, jugueteando. Sentí que se daba cuenta de nuestra alegría y la festejaba.
La mañana que nos fuimos, se echó en la calle y se quedó así, mirándonos. Tuve la sensación de que sabe que nos volveremos a ver.
Ando por la vereda sensible, a contramano del silencio, desoyendo consejos, desarmando trampas, pateando convenciones, padeciendo destrezas, puteando egoísmos, aboliendo certezas, tendiendo la mano, sublevando anhelos, dibujando horizontes, pero, sobre todo: intentando.
Cuento que nació de un cuento convertido en monólogo
Godot
Y sí… Godot no va a venir. Tampoco vos.
Sin embargo, muchas veces sentí que sus pasos se acercaban.
Empecé a escucharlos en aquel café de la esquina, cada vez que revolvía una lágrima en el pocillo. Muchas veces creí que se sentaba frente a mí y conversábamos. Lo juro. Pero siempre, en el momento justo, el sonido desaparecía.
Lo volví a escuchar una mañana, sentado en un banco de plaza. Y juraría que por un instante lo vi, en una figura que se acercaba. Cerré los ojos para abrirle la puerta de mi intimidad, pero cuando los abrí se había disuelto, como el trueno que apaga al relámpago.
Después de ese día dejé de escucharlo por mucho tiempo.
Seguí mi camino. Y me convertí en personaje de mí mismo, convencido de que lo que no iba a venir… no vendría. De esa manera él dejaría de ser lo que representaba, y yo viviría tranquilo.
Pero la astuta manera en que la piedra se mueve se puso delante de mí, y tropecé.
Él se me coló en un sueño, y volví a escuchar sus pasos. Me convencía de que solo debía esperar tranquilo, como si la paciencia fuera una virtud y no una forma lenta de rendirse.
Y escuchaba todo tipo de pasos, incluso los míos, que de tanto esperarlos se transformaron en ajenos.
Qué oficio raro este de esperar. Hay quienes esperan la vida y otros la muerte. Yo solo esperaba a Godot.
Y esperé con elegancia, con cierta dignidad de estatua: espalda recta, mirada firme, pero inmóvil. Al final el cuerpo se acostumbra y empieza a echar raíces en la nada.
Al principio contaba los días. Después las semanas. Después dejé de contar: solo esperaba.
Hubo épocas en que me preparaba para recibirlo. Me ponía la camisa menos triste y hasta ensayaba frases para darle la bienvenida. Al final decidí que improvisaría, que las mejores conversaciones nacen sin anunciarse. Como el amor. Como las despedidas.
Pero Godot no aparecía.
Lo peor de esperar mucho tiempo es que uno empieza a darle importancia a cualquier señal. Y las decepciones crecen. Y solo esperar no vuelve sabio a nadie: esperar te vuelve un poco paranoico.
Y empezás a sospechar que Godot no existe tal como te lo imaginás, que en realidad es un sueño que evita a los que esperan demasiado.
Debemos tener algo imbancable. Tal vez olemos a derrota, a vino barato o a un tango llorando.
Godot se convierte en tu imagen dibujada en el techo. Y te das cuenta. Y te da mucha bronca.
Y sí… Godot no existe. Tampoco vos.