Muchas veces, para escribir un cuento, invoco la complicidad de mi Trasgu, el pícaro duende asturiano que se sumó a mi andar hace años en Cimadevilla, ese encantador barrio de Gijón. Desde entonces habita en mi biblioteca. Él conoce la magia de dibujar un paisaje dentro de una pompa de jabón.
Aquí están algunos resultados de ese proceso, que fueron editados y habitan en alguno de mis libros.
(Todos los cuentos aquí publicados son pura ficción y cualquier semejanza con la realidad es casualidad)
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Bulliciosos gorriones
Gijón, una tarde de junio
Hola, querido amigo.
Espero que estés bien. En este momento siento que estoy con vos en Buenos Aires, en el Café La Paz, ese bar que cobijó nuestros sueños y al que bautizáramos como nuestro atelier. Recuerdo aquellas noches en las que la madrugada nos sorprendía a los tres en plena arquitectura de ideales, dibujando las costas de aquella isla de Tomás Moro. Ella decía que el sonido de las conversaciones en el bar parecía el nocturno bullicio de gorriones posados en las ramas de un árbol frondoso.
Yo disfrutaba de ser testigo del amor que ustedes se tenían, de las discusiones sobre Camus y Sartre, de cómo se le encendían a ella sus ojos negros cuando te esgrimía a Simone de Beauvoir o hablaba del mayo francés. Sospecho que todo eso fue la semilla que años después, ya radicado en Cuenca, hizo nacer en mí el afán de escribir una novela sobre la historia de ustedes, mía también por la extensión de la amistad; sentí que escribirla sería una forma de hacer una declaración testimonial de aquellos tiempos en los que intentamos ser lo que nos pedía la piel urgente de la época y el clamor de nuestros sueños. Me caló hondo lo que me dijiste una vez sobre que quienes escribimos resultamos ser muchas veces cartógrafos de geografías de dolor.
¿Te acordás de aquella noche de octubre el día de su cumpleaños, cuando le llevé como regalo un casette con temas que le gustaban? Ella leyó los títulos y se puso a entonar “La Balsa”. Resuena en mi memoria su voz, ¡qué lindo cantaba! ¿Y esa vez que volvió furiosa del conservatorio, enojada con lo que estaba pasando y se puso a tocar con su violín, en la puerta del Café, los acordes de “La marcha de la bronca"? ¡Qué carácter tenía!
¡Perdoname!, me dejé llevar por la emoción y los recuerdos. Sucede que estoy haciendo el Camino de Santiago, es una experiencia fantástica en todos los sentidos que se te ocurran, que te pone frente a paisajes geográficos, culturales y al propio mundo interior. Hace unas semanas lo comencé en Irún, el viaje retrospectivo y los soliloquios que vengo teniendo han ido movilizando mis recuerdos. Pasan por mi mente, sin solución de continuidad, un montón de imágenes en blanco y negro. Días pasados, a la salida de un pueblo llamado Ribadesella, encontré un bonito conjunto de piedras pintadas, una de ellas decía: “El Camino es la misma vida”. Me quedé un largo rato ahí, caminando por mi interior. Ratifiqué lo importante que fueron ustedes en mi existencia y me di cuenta de que llevo demasiados años acá, sin regresar. En ese momento vino a mi mente aquella noche cuando nos enteramos de que se la habían llevado. Todavía me lacera tu dolor y me sigue angustiando la insistente e infructuosa manera con la que intentamos averiguar su paradero. Ya sabés lo que me pasó después y la urgente necesidad que tuve de marcharme. Fueron años muy duros hasta que logré hacerme un lugar acá y poder vivir de lo que más amo hacer. Es muy fulera la añoranza, además. Me golpeó terriblemente la carta tuya que recibí meses después de mi llegada en la que me contabas lo que finalmente le habían hecho a ella. Que duro precio pagó por la nobleza de sus ideales y su lealtad. El día que recibí tu carta lloré por la impotencia que me provocaba no estar a tu lado para abrazarte.
Como si fuera poco todo lo que te pasó estoy haciendo que lo revivas, me siento un egoísta metido en mi propio laberinto. En realidad, te escribo para contarte que, después de muchos intentos y de resolver procesos interiores, por fin logré escribir aquella novela, “Bulliciosos gorriones” es su título. El veinticinco de octubre la editorial hará su presentación en Madrid, en la Casa de las Américas y ellos te van a escribir invitándote a participar de la misma. Cuando me dijeron que esa era la fecha se sacudieron mis cimientos sensibles y pensé en los curiosos mensajes que a veces llevan en su vuelo ciertas casualidades.
Aunque sé de tus impedimentos deseo de todo corazón que puedas venir, hace muchos años que perdido en la distancia anda dando vueltas un abrazo. De todas maneras, estoy seguro de que ese día, entre las palabras que yo diga o en las lágrimas que sin duda me aflorarán ella estará presente y por extensión, aunque no vengas, vos también.
Con la ilusión de verte acá en ese momento te mando esta carta.
Tu amigo del alma
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La merienda
Como todas las tardes, antes de la merienda, saldré a la vereda y cruzaré a la plaza. Me sentaré en el banco de siempre, ese que está frente al árbol de la casa de la esquina de Hamburgo y Budapest. Me gusta ese árbol, la casa y también me gusta mucho esperarte.
Cuando ya esté sentado, vas a llegar para sentarte a mi lado, me vas a mirar con esa sonrisa que sale de tus ojos. Me gustan tus ojos, tienen el color de mis bolitas más lindas. Te vas a alisar tu pollerita a cuadros con las manos y me vas a invitar a jugar a la escondida. Jugaremos hasta que tu mamá venga a buscarte para tomar la merienda. Jugar es una íntima ceremonia que celebramos juntos y en la cual descubrirnos, es la manera más linda de festejar nuestra amistad. Hoy hace frío y seguro tu mamá va a venir a buscarte más temprano, por eso no me gusta que haga frío.
A vos te encanta esconderte detrás del árbol de la casa, ese pino que en cada Navidad se llena de luces y adornos y en cuyo tronco se apoya la figura de un Papá Noel sonriente, mi mamá lo llama Mikolaj. Me gusta cuando buscamos los regalos en el árbol. Ese es tu escondite favorito, a veces pienso que te gusta ocultarte ahí porque querés que te encuentre rápido.
Al terminar de jugar a la escondida nos vamos a sentar debajo del pino, nuestro gigante bueno de la guarda, ¡y cómo te reís vos cuando te digo esto! Me gusta tanto tu sonrisa.
Nos vamos a quedar sentados, con la espalda apoyada en el tronco, charlaremos largo rato. Yo te voy a decir que estoy muy contento porque mi papá me empezó a comprar la Billiken y me gusta mucho leer las aventuras de Pelopincho y Cachirula y Pi-Pío. Vos me vas a contar que cuando seas grande te gustaría ser actriz o hacer algo para ayudar a quienes más lo necesitan, pero que a tu mamá no le gustan esas cosas y que te dice que a los ocho años todavía no sabés lo que querés.
En la charla nos vamos a acordar de lo que pasó el otro día, cuando escuchamos volar a unos aviones y oímos unos ruidos muy fuertes. Yo te voy a volver a contar que mi papá me dijo que esos ruidos eran bombas que tiraron en otra plaza unas personas muy malas y que mi mamá me contó que cuando era chica, en su pueblo, también había malas personas que tiraban bombas desde aviones. No me gusta que haya malas personas que tiren bombas. Vos me vas a agarrar de la mano otra vez y me vas a contar lo mucho que te asustaste ese día. Me gusta que me agarres de la mano.
Yo te voy a regalar el alfajor Guaymallen que me trajo papá anoche. Vos vas a sonreír con los ojos y la boca. ¡Qué lindo es ver en tu cara asomar la felicidad de esa manera! Lo vas a abrir, vas a partirlo en dos y me vas a convidar la mitad. Lo vamos a comer en silencio, porque en ese momento las palabras no van a hacer falta. Después, me vas a decir que cuando seas grande también te gustaría ser repostera y hacer tortas ricas para que tomemos juntos la merienda.
Un rato más tarde va a pasar el churrero. Vos me vas a contar que cada verano, cuando se van a Mar del Plata, tu papá te compra churros, que te gusta mucho ir a la playa y que le vas a decir a tu mamá que el verano que viene te deje invitarme para que juguemos juntos en la arena y hagamos castillos. Me gustaría ir de vacaciones con vos.
Enseguida me vas a decir que vayamos a los juegos. Vamos a subir juntos al sube y baja y vos vas a gritar entusiasmada cada vez que estés arriba. Al ratito nomás nos vamos a ir para las hamacas, ellas recibirán nuestras risas, yo te voy a empujar despacito y vos me vas a decir que lo haga más fuerte, porque querés sentir que volás. Vamos a dejar para último el tobogán, vos te vas a subir con miedo, pero con un montón de ganas de tirarte. Me vas a pedir que te cuide. Yo te voy a decir que te tires tranquila y te voy a esperar abajo. Me gusta cuidarte.
Después de todo eso nos van a venir a buscar, a vos tu mamá y a mí la mía. Nos vamos a agarrar de la mano, como si no quisiéramos separarnos. No me gusta ese momento. La tuya te va a decir que tenés que hacer los deberes. La mía me dirá que hace frío, que es la hora de la merienda, que ya está preparado el Vascolet calentito y que tengo que entrar. Los dos vamos a pedir que nos dejen jugar un ratito más, pero no nos van a dejar porque ya es tarde y además mañana nos volveremos a encontrar. Nos vamos a despedir con un beso y yo me voy a quedar en la vereda mirando como te vas, con ganas de que ya sea mañana.
Te estoy esperando, ¿sabés? pero aún no viniste, estuve sentado en el banco mirando para todos lados, todo el tiempo queriendo que aparecieras. Me fui a fijar en el árbol, pero no te encontré. Me quedé ahí sentado otro rato, esperándote, pero no apareciste. No me gusta que no vengas.
Y aquí sigo, con la esperanza intacta, buscándote aunque no aparezcas. No me gusta no verte, me dan ganas de llorar.
Una señora cruza la calle y se sienta a mi lado, amable como una madre, con su mano cálida apoyada en mi espalda me mira y me dice:
—Vení papi, vamos adentro que ya hace mucho frio y te va a hacer mal, entremos que ya está lista tu merienda y además es la hora de tomar los remedios.
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Oficio
Nicolás no era un profeta, ni un traductor de metáforas y mucho menos un experto en cronologías. Ejercía una profesión en la que nadie creía demasiado, pero él la llevaba adelante con gran obstinación.
Tenía su taller en una calle sin bocacalles. Era de mano única y cruzar a la vereda de enfrente se le había vuelto imposible. En el interior del local guardaba todo tipo de posibilidades dañadas.
De tanto en tanto, algún vecino llegaba a su taller empujado por la angustia. Él lo recibía, y se quedaba un largo rato revisando el objeto de su aflicción en silencio, mesándose la barba. Después le decía:
—Está muy dañado, se ve que lleva mucho tiempo apagado. Voy a intentar devolverle el sentido, pero es una tarea difícil. Volvé la semana que viene y te digo cómo va la cosa.
Lo más curioso es que ninguno de los clientes que le hubieran dejado el objeto de su preocupación regresaba. Parecía más bien que, en lugar de buscar la reparación, lo que realmente querían era sacarse de encima eso que los cargaba de culpa.
Nicolás tenía en el taller preocupaciones de muchísimos vecinos del pueblo. A la mayoría de ellos los veía pasar por la vereda de enfrente. Salía a la puerta de su local y los llamaba, quería contarles cómo iba el avance de su trabajo. Pero ninguno le contestaba y aceleraban el paso.
Con el correr del tiempo fue perdiendo la paciencia, y cada vez que veía pasar alguno salía a la puerta. Ya no los llamaba: les exigía a gritos que cruzaran y lo escucharan, que tenía algo que decirles. Como siempre, ninguno atendía su demanda y se apuraban aún más por alejarse.
Una mañana, después de haber pasado la noche en vela, vio pasar al primer cliente que lo había visitado. Empujado por la desesperación, logró cruzar a la vereda de enfrente y lo agarró del brazo. Esa persona empezó a gritar y a pedir auxilio. Se sumaron otras que también habían estado en el local de Nicolás. La violencia fue creciendo.
Enseguida llegó una patrulla. Pasado un largo rato se lo llevaron detenido y lo alojaron en una celda.
Después comenzaron a interrogarlo, pero no respondió a ninguna de las preguntas. Frente a esta situación llamaron a una funcionaria del área de Situaciones Especiales.
Ella entró a la celda, se sentó a su lado y. sonriendo, inició la conversación. Pasados unos minutos, hizo su primera y única declaración.
—Nadie entendió nunca mi verdadero oficio, soy un Restaurador de Futuros. Y lo ejerzo procurando devolverle el sentido a los anhelos que la gente abandonó, porque mantener vivos los sueños alarga la vida.
En la celda, por primera vez en mucho tiempo, no estaba solo: lo acompañaban todas las posibilidades que nadie había querido recuperar.
Miró a su alrededor. Entendió que allí su oficio tendría sentido. Se acostó y durmió con una paz que hace mucho no sentía.
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De tanto en tanto
Fortunata ama cantar; siente que, cada vez que lo hace, abraza la vida. Su voz mitiga las penas, acerca a los enamorados, acaricia el alma de los que sufren y hace aflorar las sonrisas. Cada mañana espera con impaciencia subirse al tren donde, a cambio de unas monedas, despliega el arte que los dioses le regalaron.
Leopoldo ama la música; al rasgar las cuerdas, ve el alma de los viajeros, el ambiente se limpia, los enemistados se reconcilian y la alegría renace. Cada mañana, él también espera con impaciencia subirse al tren donde, a cambio de unas monedas, despliega el arte que los dioses le regalaron.
Fortunata y Leopoldo se encontraron en el último vagón del tren un día en que los dioses jugaban. Se reconocieron al oírse. Al unirse su arte, el paraíso abrió sus puertas, sus corazones se hablaron y sus emociones se fundieron. Desde entonces, nunca más se separaron.
Si alguna vez, al subir al tren que viene del sur, encontrás cantando a una muchacha sin brazos, acompañada por un muchacho ciego que toca la guitarra, sabrás que son Fortunata y Leopoldo. Sentite feliz por ese regalo del destino y disfrutá de su don, ya que, desde que unieron su arte y sus vidas, solo bajan de tanto en tanto.
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Hábito
Sube al vagón moviendo su bastón de un lado a otro y se detiene en medio del pasillo. Permanece en silencio un instante, como reuniendo fuerzas. Su voz, tenue, suena como un grito ahogado; la desesperación retumba y se estrella contra la indiferencia. Es uno de tantos que, cada día, recorren el mismo destino. Se le nota auténtico: su dolor toma forma en el aire y queda suspendido, esperando un gesto compasivo, una respuesta.
El silencio que lo rodea lo obliga a alzar el tono. Su súplica se desborda y su voz raspa el aire con una crudeza agotada por la repetición. Con un gesto lento, se pasa la mano por el cabello. Luego, apoyado en el bastón, espera la llegada a la siguiente estación, cargando consigo una esperanza obstinada.
Por un instante fugaz, queda flotando en el aire una nube de congoja. Pronto se desvanece, consumida por el hábito endurecido de ignorar el dolor.
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El mar de los sueños
Gabriel, durante mucho tiempo, se dedicó a perseguir sueños. Concretó unos pocos; otros le resultaron inalcanzables. Hoy ya no busca. Vive en una casa a orillas de un río. Entre sus pocas pertenencias, atesora un pájaro tallado en madera por manos soñadoras: un hermoso cardenal rojo.
Gabriel habla con su cardenal rojo. Este no le contesta; los pájaros tallados en madera no tienen permitido hablar con las personas humanas. Al menos, por ahora. Tal vez algún día lo hagan. Mientras tanto, Gabriel le cuenta sobre sus sueños: los que alcanzó y los que no. No le importa que no haya respuesta. Quizá solo necesita ser escuchado.
Una tarde, llevó al cardenal rojo a orillas del río. Allí, bajo la sombra de los árboles, le confesó cuál era el sueño que más le dolió no alcanzar. El cardenal guardó silencio, como siempre. A Gabriel no le importó y siguió hablando. Con cada palabra, su voz se tornaba más vehemente, más cargada de emoción. Le contó que la noche anterior había revivido, en sueños, aquel anhelo tan deseado.
En medio de su entusiasmo, sin querer, empujó al pájaro, y este cayó al río. Gabriel se quedó inmóvil, observando cómo el cardenal rojo era arrastrado por la corriente. Por un instante, se preguntó si realmente los pájaros tallados en madera no podían hablar con las personas humanas.
Entonces, sin pensarlo dos veces, se metió al agua y comenzó a nadar río abajo, persiguiendo la corriente. En su mente, solo una idea: alcanzar la desembocadura en el mar de los sueños.
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El vendedor de poemas
El cambio de horario en su trabajo hizo que Gabriel, un joven licenciado en genética de treinta y tres años, comenzara a volver a su casa en los últimos subtes del día.
La nueva rutina no le resultaba cómoda. Llegaba tarde, y el tiempo para compartir con su esposa, Silvana, embarazada de su primer hijo, se le escurría entre los dedos.
Si algo tenía de bueno aquel horario, era la tranquilidad del viaje: vagones a medio ocupar, asientos disponibles, silencio.
La modificación no era casual. La organización para la que trabajaba le había encomendado una investigación especial, confidencial, que debía realizar una vez que el resto del personal se retirara.
El proyecto giraba en torno a la clonación.
Gabriel se sumergía cada noche en las posibilidades, y en los límites, de la reproducción celular: fines terapéuticos, preventivos, reproductivos… y también otros, más difusos, más inquietantes.
Sabía que caminaba sobre un terreno resbaladizo. Las preguntas éticas aparecían con la misma facilidad que las promesas científicas.
Al principio, la designación lo había halagado. Se sintió elegido, incluso privilegiado.
Pero con el correr de los días, algo empezó a cambiar. Las dudas. Algunas nacían de su propio análisis. Otras, más incisivas, venían de Silvana.
A pesar del compromiso de confidencialidad que había firmado, Gabriel le había confiado el proyecto.
Ella se oponía con firmeza. No aceptaba la idea de intervenir en la condición humana de ese modo.
Su mirada, atravesada por la teología, no era científica, pero tampoco ingenua.
Gabriel, aunque intentara sostener sus argumentos, no podía ignorar que muchas de sus preguntas eran incómodamente válidas.
Quizás por eso, en los viajes de regreso, se refugiaba en la observación.
Desde su asiento miraba a los pasajeros. Los que dormían. Los que leían. Los que parecían hablar solos. Los que llevaban el cansancio tatuado en la cara.
A veces jugaba a imaginar qué pensamientos cruzaban sus mentes.
Otras, fantaseaba con intercambiar identidades: poner la mente de uno en el cuerpo de otro y observar el resultado, como si la vida fuera también un experimento.
Con el tiempo, empezó a reconocer a los habituales. Sabía quién leería, quién dormiría, quién miraría fijo hacia la nada.
Y también a los vendedores ambulantes, que subían ofreciendo toda clase de objetos.
Entre ellos, uno le llamó particularmente la atención.
Era un joven de edad similar a la suya, con un aire de intelectual de otra época: pelo y barba largos, ropa desprolija, mirada serena. Subía siempre en la misma estación, con un bolso de tela colgado al hombro izquierdo.
Pero no vendía objetos. Vendía poemas. Sacaba hojas sueltas y las iba entregando, una por una, a cada pasajero.
Sin apuro. Sin insistencia.
A Gabriel le gustaba imaginar que en ese bolso viajaba toda la poesía del mundo. Que cada hoja no era elegida al azar, sino destinada: como si aquel joven pudiera intuir qué necesitaba cada alma.
Así, viaje tras viaje, Gabriel fue leyendo a Guillén, Martí, Machado, Whitman, Espronceda, Pedroni…
Y en esas palabras empezó a encontrar algo que no buscaba. Primero emociones, después preguntas. Y finalmente, una inquietud persistente que se filtraba en todo. La poesía no le daba respuestas. Pero le desordenaba las certezas.
Y, casi sin darse cuenta, comenzó a esperar ese momento. A necesitarlo. Sin embargo, nunca habló con el vendedor.
Una noche, el joven no subió. Al principio no le dio importancia. Pero los días pasaron… y la ausencia empezó a pesar. Algo en él se inquietó. Algo que no supo nombrar. Los viajes siguieron, pero ya no eran lo mismo.
Entonces comenzó a buscarlo.
Probó otros horarios. Llegó más temprano al trabajo. Se fue antes. Cambió rutinas. Recorrió estaciones, andenes, vagones. Nada. Nadie parecía conocerlo. Como si nunca hubiera estado allí.
Durante semanas insistió, aferrado a la posibilidad de volver a encontrarlo. Pero el rastro se desvanecía cada vez más. Hasta que un día no fue a trabajar. Se quedó en su casa conversando con Silvana.
Le habló de todo: de la búsqueda inútil, de los poemas, de lo que le estaban provocando. De cómo, sin darse cuenta, habían ido modificando su mirada. El día se fue apagando entre palabras.
Al caer la noche, le dijo que saldría a caminar. Anduvo sin rumbo. Hasta que, casi sin decidirlo, sus pasos lo llevaron a la estación de siempre. Bajó las escaleras lentamente. Un subte partía en ese momento. Esperó.
Cuando llegó el siguiente subió al vagón. Se quedó de pie, en el centro. Miró a los pasajeros. Uno por uno. Luego acomodó un bolso de tela sobre su hombro izquierdo. Sacó unas hojas. Y comenzó a entregarlas.
De a una. De mano en mano. Como si siempre hubiera sabido que ese era su lugar.
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La Lamia enamorada
Llegué al aeropuerto de Barajas muy temprano. Me dirigí hacia el lugar en el que habitualmente como. Tomé un tiempo para elegir el vino. El viaje estuvo cargado de emociones, las presentaciones salieron muy bien y merecía emprender el regreso con el agasajo de un buen tinto y una rica comida. Mientras comía observaba a los viajeros, imaginaba distintas historias. Llegado el momento fui a despachar el equipaje e ingresé a la sala de preembarque.
Con la partida ya cerca me senté en una cafetería, tomé la lágrima que pedí y dejé volar libremente mi imaginación. A través del ventanal observé el cielo, me detuve en una nube que me sugirió una playa bañada por las olas. Esto me transportó a La Villa, muchos años atrás, y me vi en la arena, frente al mar, alrededor de un fogón, mirando embelesado a Estela tocar la guitarra.
El momento quedó como suspendido, y solo la veía a ella, con su melena apenas movida por el viento. La evocación trajo a mi mirada viejas lágrimas; me levanté y empecé a andar. Mientras caminaba, su recuerdo se hacía más presente; no sé qué ocurriría hoy si no nos hubiéramos separado, pero... tanta ausencia suya me llevó a verla como la suma de todas las perfecciones. Recordé aquel cuento que empezáramos a escribir juntos, sobre una alegoría del amor, se apoyaba en la figura de un hada que cobra forma humana al enamorarse de un joven revolucionario. La idea se correspondía con aquellos tiempos, corría el año sesenta y ocho, y el mayo francés nos había cargado de esperanza.
En realidad, nunca avanzamos más allá del nombre de la pareja: Lamiña, el hada vasca y Augusto el joven revolucionario. La idea general de la trama mezclaba ideales, amor y solidaridad. Pasados unos meses nos separamos, y nos fuimos volviendo recuerdo. Años después vino el tiempo de la oscuridad, Estela abandonó su forma humana y como los torturadores no pudieron con su alma, hoy seguramente habita el territorio de las hadas buenas. Yo me ausenté del país y anduve demasiados caminos hasta llegar a este punto.
El momento se fue disipando y me dirigí a la zona de la puerta de embarque. Vi un cartel que anunciaba la partida de un vuelo a Irlanda. Asocié ese lugar con duendes, hadas y gnomos. Enseguida empezaron a llegar los pasajeros de ese vuelo.
Pasado un rato, vi a una joven sentada en el piso, un escalofrío me recorrió la espalda, su parecido con Estela era notable. La miré con tanto detenimiento que ella lo advirtió y levantó la vista. Avergonzado, desvié la mirada.
No pude evitar volver a mirarla, lo hice con el mayor disimulo posible, pero ella se dio cuenta. Pensando que aguardábamos el mismo vuelo esbozó una sonrisa como compartiendo conmigo la impaciencia. Me acerqué a su lado e iniciamos conversación. Me enteré de que era vasca, de Vitoria, me contó que era violinista, que iba a Irlanda a formar parte de una orquesta de música celta. Le dije que se parecía mucho a alguien que conocí. Conversamos animadamente.
Finalmente anunciaron el embarque de su vuelo, la fila comenzó a moverse y ella, con la misma espontaneidad que caracterizaba a Estela, se despidió dándome un beso en la mejilla. Me quedé viendo cómo se alejaba, de pronto, sacó un libro de su bolso, regresó corriendo hasta mí, me lo entregó y regresó a la fila.
Fue todo tan rápido y quedé tan conmovido que, recién pasado un momento miré el libro y vi su título: La Lamia enamorada (Leyendas de hadas vascas).
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Godot
Y sí… Godot no va a venir. Tampoco vos.
Sin embargo, muchas veces sentí que sus pasos se acercaban.
Empecé a escucharlos en aquel café de la esquina, cada vez que revolvía una lágrima en el pocillo. Muchas veces creí que se sentaba frente a mí y conversábamos. Lo juro. Pero siempre, en el momento justo, el sonido desaparecía.
Lo volví a escuchar una mañana, sentado en un banco de plaza. Y juraría que por un instante lo vi, en una figura que se acercaba. Cerré los ojos para abrirle la puerta de mi ilusión, pero cuando los abrí se había disuelto, como el trueno que apaga al relámpago.
Después de ese día dejé de escucharlo por mucho tiempo.
Seguí mi camino. Y me convertí en personaje de mí mismo, convencido de que lo que no iba a venir… no vendría. De esa manera él dejaría de ser lo que representaba, y yo viviría tranquilo.
Pero la astuta manera en que la piedra se mueve se puso delante de mí, y tropecé.
Él se me coló en un sueño, y volví a escuchar sus pasos. Me convencía de que solo debía esperar tranquilo, como si la paciencia fuera una virtud y no una forma lenta de rendirse.
Y escuchaba todo tipo de pasos, incluso los míos, que de tanto esperarlos se transformaron en ajenos.
Qué oficio raro este de esperar. Hay quienes esperan la vida y otros la muerte. Yo solo esperaba a Godot.
Y esperé con elegancia, con cierta dignidad de estatua: espalda recta, mirada firme, pero inmóvil. Al final el cuerpo se acostumbra y empieza a echar raíces en la nada.
Al principio contaba los días. Después las semanas. Después dejé de contar: solo esperaba.
Hubo épocas en que me preparaba para recibirlo. Me ponía la camisa menos triste y hasta ensayaba frases para darle la bienvenida. Al final decidí que improvisaría, que las mejores conversaciones nacen sin anunciarse. Como el amor. Como las despedidas.
Pero Godot no aparecía.
Lo peor de esperar mucho tiempo es que uno empieza a darle importancia a cualquier señal. Y las decepciones crecen. Y solo esperar no vuelve sabio a nadie: esperar te vuelve un poco paranoico.
Y empezás a sospechar que Godot no existe tal como te lo imaginás, que en realidad es un sueño que evita a los que esperan demasiado.
Debemos tener algo imbancable. Tal vez olemos a derrota, a vino barato o a un tango llorando.
Godot se convierte en tu imagen dibujada en el techo. Y te das cuenta. Y te da mucha bronca.
Y sí… Godot no existe. Tampoco vos.
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