Un mapa secreto de Buenos Aires: figuras que aparecen y desaparecen, criaturas mínimas que habitan pasajes, veredas y sombras. Relatos breves donde la ciudad murmura lo que solo se revela cuando uno camina despacio, atento a lo invisible. Criaturas que no existen y, sin embargo, están.
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Todas las mañanas, al salir del subte, saludaba al Obelisco, caminaba unos metros por Diagonal Norte y doblaba en el pasaje. Avanzaba por la vereda como si fuera un tablero. A veces se deslizaba con la diagonal rápida de un alfil; otras, saltaba un charco con la brusquedad de un caballo. En ciertos momentos quedaba inmóvil, firme como una torre que custodia algo que nadie ve. Muy de vez en cuando, caminaba con la solemnidad lenta de un rey. Pero la mayor parte del trayecto lo hacía con pasos humildes, casi resignados, como un peón.
Los comerciantes lo vieron moverse así durante años. Se volvió parte del paisaje matinal. Respondía los saludos con un gesto breve, educado, pero jamás cruzó una palabra. Caminaba con la vista clavada en el empedrado, como si temiera equivocarse de casillero.
Seguía siempre la misma ruta. Los vecinos más antiguos recuerdan que a veces quedaba detenido en un punto fijo, como esperando una señal que nunca llegaba. Al final del pasaje doblaba hacia la 9 de julio. Algunos lo siguieron por curiosidad, pero al llegar a la esquina ya no estaba, como si se deshiciera en el aire.
Una mañana, las obras de recambio de baldosas bloquearon su camino. Se quedó allí, observando a los obreros como quien contempla un enigma. Permaneció horas sin moverse. De pronto, dio media vuelta y se marchó.
Nunca más se lo vio. Algunos aseguran haberlo encontrado en otros pasajes con veredas antiguas. Otros dicen que, en ciertos amaneceres, cuando el sol se filtra entre los edificios, su sombra todavía aparece en el suelo, atrapada bajo baldosas nuevas.
Cae la tarde en Buenos Aires, es otoño. Las hojas caídas resisten en la vereda, como si todavía guardaran un resto de voluntad.
Lo veo caminar por Constituyentes con la lentitud de quien no espera nada, o de quien ya sabe lo que le espera.
Dobla en Roosevelt y cruza de vereda. Cuando llega al club se sienta a la mesa junto a sus compañeros de juego. Ellos lo miran en silencio, como si supieran.
Pide una copa de vino y bebe un trago. Sobre la mesa caen los naipes del truco.
Los orejea: le muestran su débil identidad, casi una confesión.
Frunce el ceño y, con voz gastada, mintiendo el envido, empieza la partida, jugándose el resto.
Ya conoce el resultado.
Me gustan los viejos cafés. Su atmósfera está cargada de antiguas historias, y en sus mesas siempre nacen otras nuevas. Suelo ir con frecuencia a alguno de ellos, con la esperanza de que alguna historia se cruce en mi camino y poder convertirla en palabra escrita.
En este bar, un martes, me llamó la atención un hombre sentado junto a la ventana. Escribía en un cuaderno mientras bebía un vino tinto. Lo hacía despacio, como si en cada sorbo buscara una respuesta. Había en él algo que me conmovía, algo que me atrapaba. No pude dejar de observarlo.
En un momento detuvo la escritura y se quedó mirando la avenida. Luego alzó el vaso, brindó al aire y bebió el último trago. Rasgó la hoja del cuaderno con una lentitud casi ritual, la dobló con cuidado y la dejó sobre la mesa.
Pasados unos minutos se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, giró la cabeza y miró la mesa, como asegurándose de que la hoja siguiera ahí.
Le pregunté al mozo si lo conocía. Me dijo que venía todos los martes a esta misma hora. Movido por la curiosidad, volví varias semanas.
Un martes, después de que dejara la hoja sobre la mesa, me acerqué a él y entablamos una conversación. Me animé a preguntarle qué era lo que escribía. Él me miró unos instantes y dijo:
—Escribo con la esperanza de que ella, desde el lugar en que esté, lea lo que nunca me animé a decirle.